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El listado y la producción textual, por Brenda J. Caro Cocotle


Por Brenda J. Caro Cocotle  | Junio, 2016

Desde Buzzfed hasta Frieze, pasando por Hyperallergic, La Tempestad, Código, Arte informado, Artsy, la sección de crítica de periódicos de circulación nacional y la incipiente publicación universitaria, pocos medios editoriales, impresos o digitales, pueden resistirse a las listas. Son infaltables en cada cierre o inicio de año, o durante determinados periodos que coinciden con la cobertura de eventos considerados relevantes en el medio artístico local y/o internacional, o incluso como sección fija en algunas publicaciones. Listas en las que más de uno quisiera encontrarse o reconocerse, enumeraciones limitadas que se denuestan o se replican.

La recurrencia a las listas se debe, en gran medida, a que son un gancho directo al lector, mismo que éste rara vez puede o quiere esquivar.  Dicha atracción radica en el sentido de orden y autoridad que parecen conferir, autoridad que es transferida del redactor al lector, mediante un desplazamiento de posiciones, de ignorante a conocedor, a partir de la información compartida. Pero no sólo eso, se otorga también el ejercicio de la sanción.

Si bien este recurso textual se haya presente en cualquier tipo de publicación periódica, su inclusión o no en determinado tipo de medios considerados especializados, es mucho más problemático de lo que pudiera parecer a simple vista. Partamos de una premisa: la elaboración de una lista es un delicado juego sobre la base del conocimiento, en el que se apela a las categorías de objetividad y referencia, aunque en el fondo lo que opera es la subjetividad y la elaboración de un juicio de validación. Su forma retórica es la de la sinécdoque –la parte por el todo–, y su estructura es la concisión y la economía de palabra. Esto las reviste de limpieza, accesibilidad y una aparente simplicidad que hace que se las considere un elemento menor, divertido o inescapable para cualquier revista o publicación sobre arte que pretenda ser reconocido como medio válido. Mas la aparente simpleza es todo menos inocua.

Es verdad de Perogrullo el apuntar que toda selección implica la aplicación de un criterio, gracias al cual se determina la inclusión o exclusión de un elemento en un conjunto dado. Pero dicha obviedad deja de serlo cuando se considera el espacio de enunciación. El hecho de que ocurra dentro de un medio público de comunicación, o de modo más concreto, dentro medios públicos que se identifican por su especificidad temática (arte) y tipo de público (especializado y/o el amateur interesado), que inciden en mayor o menor medida sobre un espectro de visibilidad y legitimación, debería obligarnos a tomar el asunto con menos ligereza. No sólo importa bajo qué parámetros se decide, sino si éstos son comunicados de manera abierta: ¿Cuál fue la base de la argumentación? ¿Cuál es el propósito o interés? ¿Qué es lo que se deja de lado y por qué? Importa, y mucho más de lo que se suele considerar, la autoría de la selección:  ¿Se hace explícita o se recurre a la firma editorial? ¿Fue resultado de una consulta y de ser así, a quién y por qué se lo consultó? Importa, también, la jerarquía que ocupa el listado dentro de la organización textual: ¿Es un elemento central, una marca de identidad editorial u ocupa el papel de complemento a otras piezas de mayor aliento como el reportaje o el ensayo?

Es cierto. Las listas sirven como pautas, proporcionan un conocimiento inmediato, fungen como un primer nivel de referencia, otorgan un vistazo inicial a una problemática, despiertan curiosidad, amplían el bagaje, solventan, de manera parcial, vacíos de información y de falta de proyección. Todo ello las convierte en un formato válido y deseable.

Quizá pueda pensarse que estoy buscándole tres pies al gato (o chichis a las culebras) y las listas no son nada más que un formato posible que permite a un medio abordar una temática. El punto no es que una publicación recurra al listado. Ello no tiene nada de condenable, ni hace al medio más o menos serio. Lo que habría que mirar con suspicacia es que las listas se conviertan en el eje de la legitimación y limiten la investigación y el abordaje crítico sobre una coyuntura dada en la escena artística y cultural. Lo que habría que cuestionar es cuando en vez de permitir ampliar los marcos de referencia, las listas fragmenten y constriñan y reduzcan. Lo que habría que reprochar es cuando operen como vía de prescripción en vez de apertura. Lo que habría que rechazar es cuando se proyecten como medios validación acrítica y en un mecanismo, a veces inconsciente, a veces deliberado, de negación, censura, favoritismo o networking. Lo que habría de preocuparnos es cuando las listas terminan por determinar todo un sistema de producción textual: desde la validez editorial, hasta la definición de contenidos, la forma en cómo se entiende el ejercicio de la crítica y el abandono de determinados géneros que demandan mayor complejidad argumental, se ceda a la inmediatez y se deje de lado un tipo de escritura y lectura que impliquen un tiempo más detenido de reflexión.

Líneas arriba señalaba que un elemento estructural de las listas residía en la transferencia de posiciones entre la voz del texto y la del lector. Considero que en ello deberíamos también fincar el proceso de recepción e interpretación de este tipo de textos, y la manera en cómo se les puede dar su justo peso, valor y pertinencia: una demanda por la ética de la publicación de hacer explícitos sus parámetros de selección y la autoría, y una responsabilidad por la lectura crítica de parte de los lectores, a partir de ese principio coloquial “de que ni están todos los que son, ni son todos los que están”. Se escribe fácil…Quiero ser optimista, aunque a últimas fechas, el contexto no ayuda.

Imagen: Art Monaco Magazine.

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Brenda J. Caro Cocotle es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas y Maestra en Museos. Es Doctora en Estudios en Museos por la University of Leicester, Leicester, Inglaterra.

*El contenido publicado es responsabilidad del autor y refleja su punto de vista.