Arte

El arte en tiempos del internet


Por Lucía García

Fuera de las paredes de un museo y libre de las páginas de un catálogo, la imagen de arte se convierte en un contenido como todos los demás. Las obras de arte viven paralelamente en internet, donde se mezclan con el mainstream de la cultura visual, modificadas e intercambiadas sin más ni más. ¿El resultado? Un nuevo público y un nuevo rol para del arte contemporáneo.

Nos hemos ya acostumbrado al hecho que cualquier cosa —objeto, material, idea— pueda convertirse en arte. Los artistas han reivindicado este “derecho ilimitado” de apropiación hace casi ya un siglo, obteniendo un resultado doble. Por un lado la práctica artística ha ampliado enormemente las posibilidades expresivas. Por el otro se ve forzada a depender cada vez más, para su comprensión, de elementos externos a la obra (la acotación y el contexto). Para distinguir la obra de arte del objeto común es necesario tener información sobre su origen, conocer su autor o simplemente crear una experiencia en el contexto adecuado (un museo, galería, feria).

Desde hace algunos años existe un proceso inédito del todo. Ya no es sólo arte el apropiarse de objetos, ideas y elementos extra-artísticos. Pensamos sobre todo en la cantidad industrial de imágenes y temas de la cultura pop, de la música, del cine, de la televisión. Pero éste mismo, se convierte en objeto de prácticas de creación. En el contexto de la red, donde los contenidos viajan a menudo sin etiqueta en el interior de un flujo frenético de descargas, ediciones y uploads, las imágenes artísticas no tienen ningún estatus especial. Son archivos como todos los demás. Simples paquetes de código binario. No es necesario acudir a lugares específicos para verlas, leer determinadas publicaciones o ser miembro del “mundo del arte”, cada vez más anacrónico y estrecho. La imagen de una obra puede aparecer en cualquier página web, publicada junto a temas más heterogéneos: fotos personales, gifs animados, capturas de pantallas, enlaces de videos, etc. No solo la imagen puede comparecer en su forma original o en una versión más o menos modificada; las fotos se editan, se revuelven con otras, se comentan con subtítulos o dibujitos, se usan como material de base para nuevas creaciones y al fin, reinsertas en el circuito comunicativo. Se convierten en contenidos virales, se transforman en memes, se comparten en redes sociales y se usan como imágenes de perfil, fondos de escritorio o de celulares.

Por un lado, esto nos lleva a postular la existencia de un nuevo tipo de espectador para el arte, un público informal y no necesariamente informado, que se tropieza con las obras mientras navega por la red y no tienen interés en distinguirlas del resto de las imágenes. Por el otro, este escenario nuevo constriñe a una reflexión sobre el rol del arte contemporáneo, convertido —como escribió recientemente el crítico David Joselit en su libro, After Art— en un instrumento de construcción del imaginario en medio de tantos otros. “En un mundo lleno de industrias del entretenimiento altamente sofisticadas, como los videojuegos, sitios web como Youtube y Vimeo, celulares y tablets que funcionan con plataformas multimedia móviles, películas y televisión, por no mencionar la aumentada posibilidad que tienen las personas de viajar, y que genera una tendencia a proyectar el deseo de experiencias diversas en otras culturas; el arte es sólo uno de tantos modos para producir realidades alternativas”.

Imagen entre imágenes, el arte se diluye en el mainstream de la cultura visual, terminado por sufrir, por parte de una masa de creadores anónimos, el mismo trato que él mismo ha establecido y practicado por décadas. Un trato hecho de apropiaciones, remakes, malversaciones, construcciones de imágenes surreales, uso del absurdo, de la ironía como vehículo para despertar la imaginación y la consciencia, elogio del fracaso —que hoy, en tiempos del internet, se llama epic fail—.

En internet, muchas prácticas que eran exclusivas —y distintivas— del arte contemporáneo permanecen absortas de forma absoluta en la cotidianidad. Incluida la inclinación a la inclusión del público en la obra que ha marcado la investigación artística por siglos y que culmina en la corriente del “arte racional”, no es coincidencia que acabe en exposiciones y en libros de teoría a la mitad de los años noventa, justo cuando los primeros módems llegaban a los escritorios, abriendo una posibilidad real de interacción global. Metiendo al público, o mejor dicho, al expúblico –aquello que el teórico y periodista norteamericano, Jay Rosen, definió como “the people formerly known as the audience”– en una posición de la cual poder finalmente “responder” al bombardeo informativo. Dándoles los instrumentos para abandonar una actitud forzadamente pasiva, inducida por medios de difusión y volver a participar activamente en la construcción colectiva de la cultura.