Arte

Doble Negativo: de la pintura al objeto


Por Gustavo Cruz / @piriarte

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A mediados del siglo pasado, el arte abstracto estaba en su cúspide. Debo acotar que con la etiqueta “abstracto” me refiero a expresiones artísticas cuya producción habría expulsado de sus obras la imitación de las formas que la vista se encuentra en el mundo, digamos, real; no intento hacer referencia a algún movimiento o estilo artístico específico. Tras esta expulsión, pues, los medios tradicionales (i. e. La pintura, escultura, etc.) encontraron—supuestamente— el contenido de su trabajo en sí mismos: sin la necesidad de una referencia al mundo natural, los cuadros de la pintura solo trabajarían con problemas inherentes a la pintura, es decir, composición, línea, color. El resto de las artes imitaría esta operación, que podemos llamar formalista. Con ello, las obras producidas durante ese período se vuelven una exacerbación de los postulados ilustrados con los que se emancipa al arte de la función ritual que le dio origen: objetos autónomos que obedecen leyes dictadas por sí mismos y cuyo valor existe independiente de cualquier intromisión de esferas ajenas al arte como la sucia materialidad de lo económico y lo político.

La exposición Doble negativo: de la pintura al objeto en el Museo Tamayo, es un brevísimo recuento del Minimalismo, movimiento que sería, quizás, el primer paso en la producción artística norteamericana para hacer explícito el hecho de que la existencia y recepción de los objetos del arte se sustenta en elementos exteriores a las obras. Varias piezas de la exposición trabajan sobre la noción de que nuestra experiencia del arte está mediada por los espacios que las contienen y vuelven visibles. Así, encontramos un enorme lienzo blanco enmarcado por barras de color verde (Jo Baer, untitled, 1966), que nos confronta con la irremediable presencia de las paredes blancas de la galería o el museo. Otras efectúan esta operación desmontando la noción del medio con el que pretenden trabajar: un cubo hecho de vidrio recubierto (Larry Bell, untitled, ca. 1980) sostenido por un pedestal de iguales características cuyo hermetismo, irónicamente, permite ver reflejado el espacio expositivo al interior de la escultura. O la magnífica Floor Piece #4 (1976) de Sol Lewitt, una estructura de madera pintada que forma una pirámide invertida a través de módulos cúbicos, la disposición de estos cubos dirige la mirada del espectador inevitablemente al centro de la escultura, que es uno y el mismo con el del espacio expositivo.

Es verdad que el radicalismo político de los gestos minimalistas se pierde gracias a la distancia temporal con el momento de su creación. Sin embargo, el poco tiempo que toma ver esta exposición se vuelve una experiencia valiosa para llenar lagunas historiográficas que ayudan a entender la producción artística contemporánea.