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Desmoronamiento social en coreografía de Filomarino


Más de 60 mil muertos por la violencia en México: cifras y crimen que no desaparecen ni disminuyen de forma significativa. Rodeada por este contexto, la coreógrafa Rossana Filomarino creó N°… no identificado para capturar su indignación ante un panorama de desmoronamiento social y dolor. Una crónica danzada sobre un lugar donde las montañas son cuerpos sin vida.

Con casi 50 años de experiencia profesional como maestra, bailarina y coreógrafa, Filomarino colaboró para este trabajo con el Centro de Producción de Danza Contemporánea en la temporada Preceptos en cuerpos mentales. “Nosotros seguimos creyendo que la labor artística es un medio para sensibilizar a la sociedad y así construir un futuro más esperanzador”, consignó en el programa de mano.

 

 

 

N°… no identificado es una pieza coreográfica que denuncia a partir de imágenes crudas lo cotidiano que se ha vuelto la violencia en la actualidad. Filomarino, ayudada por los cuerpos de los once bailarines que se presentan en escena, logra sumergir al espectador en una obra que sin lugar a dudas lo remite a la situación de alerta que permanece en muchos sitios del país frente a la posibilidad de ser una víctima más.

Durante varias secuencias de esta coreografía persiste la idea de parar una trayectoria o cortar de forma intempestiva una historia. Los bailarines giran, corren y se desplazan por el espacio escénico hasta que algo los detiene y hace que su cuerpo permanezca inerte, en silencio. También se observa en las escenas una exploración dramática de los intérpretes que interiorizan/proyectan angustia y sufrimiento.

 

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Una parte emblemática de N°… no identificado muestra la representación de la violación y la tortura a uno de los personajes. Los dos victimarios parecen disfrutar de sus acciones. Esta escena es completamente poderosa para la significación de la obra, aunque esté construida bajo estrategias que remiten a la danza moderna: gesticulación exagerada y alineación total a un argumento o relato utilizando la combinación de movimientos y pantomima.

La música original de Rodrigo Castillo y la iluminación de Xóchitl González apuntalan la propuesta de Filomarino y la de los bailarines. Las imágenes aparecen y desaparecen del escenario, descubren y almacenan en la memoria una montaña colosal de cuerpos que han dejado de moverse.