Arte

DELIRIOUS NEW YORK


Por Lucia García

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Escrito por Rem Koolhaas en el 78, cuando el autor contaba treinta y cuatro años, Delirious New York se convirtió en un best seller; se imprimieron decenas de miles de copias, se propusieron diversas ediciones y traducciones en diferentes idiomas. Y luego, como sucede a pocos, se volvió un long seller.

Delirious New York de Rem Koolhaas se encuentra todavía en los estantes de las librerías y es uno de los libros más citados e investigados por estudiantes de arquitectura. El libro debe su éxito a una nueva técnica de escritura: es un resumen de párrafos breves y autosuficientes, que lo hacen fácil para consultar sin necesidad de leerlo de inicio a fin.

Entre las múltiples tesis sobre Nueva York, ciudad metáfora de nuestra contemporaneidad, algunas muy desarrolladas, otras sectarias y delirantes, la más importante es ampliamente compartida: Nueva York es una gran ciudad y lo es porque está súper saturada y poco proyectada, al menos en el sentido en que se entendía por proyectado en los años setenta. Es decir, está diseñada en un plano único con poco espacio de juego. Para muchos arquitectos, esto implicaba una restricción en su deseo de cambiar de forma radical distintos fenómenos urbanos. Para Koolhas, no solo era este deseo una utopía impracticable, pero hubiera resultado también en una desventaja para la ciudad.

Otra idea, que hoy parece la más escuchada entre teóricos de arquitectura, y por cierto la más débil, es que para Koolhaas, Nueva York es una ciudad-archipiélago hecha en una cuadrícula sobre la cual se introducen ciudades pequeñas y autosuficientes: los rascacielos. El arquitecto holandés debe probablemente esta teoría a dos de sus maestros, el alemán Mathias Ungers, quien en los años setenta elaboró una teoría de la ciudad dividida en partes que parecían islas dentro de un gran archipiélago; y al italiano Adolfo Natalini, líder del grupo radical Superstudio, que proponía que la ciudad del futuro se parecería a un gran centro comercial, compuesto por contenedores cuyo espacio interior pudiera ser rediseñado, nuevamente haciendo alusión a los rascacielos.

Y bien, por cuanto sugestiva, esta idea restituye solo una parte de Nueva York y ciertamente no la más interesante. Nueva York no solo es la suma de islas tristes y solas, pero es su espacio vital conectivo. Y esto funciona justo porque consiste de experiencias urbanas diversas: desde Broadway a las calles plagadas de rascacielos hasta las callecitas de Village.