archivo

Cultura y crimen, por Hito Steyerl


Por Hito Steyerl | Traducción: Aline Hernández / @AlineHnndz | Septiembre, 2015

Estoy acostumbrada a la soledad. ¿Es la soledad mi cultura?

Hace dos días, un hombre se me acercó en el restaurante de una estación de tren. El periódico que estaba leyendo reportaba atentados de bomba en sinagogas alemanas. El hombre murmuraba: “Bombas. Bombas. Más bombas”. Y después él gritó directo a mi rostro: “¡y por ustedes, nosotros necesitamos napalm!”.

¿Es el napalm su cultura?

En el mismo día, cuatro jóvenes asaltaron a un alemán de 50 años de origen chino en Munich. Después de gritarle “cerdo extranjero”, lo golpearon hasta sangrar. Yo me pregunto: ¿tiene la víctima una cultura? O en este caso: ¿qué cultura se apoderó de él? Y, ¿qué tipo de cultura es el racismo?

Cultura es un amplio concepto. Un director de cine del Chad considera: “en mi país, la guerra se ha vuelto una cultura”. En el Norte global, sin embargo, la cultura debe supuestamente promover civilización, democracia y progreso. El mismo concepto es interpretado como la posibilidad de emancipación al igual que de opresión y violencia. Algunos lo llaman cultura -algunos lo llaman crimen. Lo que sea que esté designado por el concepto de cultura, se encuentra entre estos dos extremos. Si uno está para evitar conceptos esencialistas de la cultura, entonces lo que sea que esté siendo mediado por este concepto debe de ser comprendido como cultura. La violencia forma parte de ello.

Hice un film hace algunos años, llamado Homo Viator, que lidiaba con las iglesias de peregrinación. Resultó que en la mayoría de los casos, el ritual de peregrinación había sido establecido en el sitio de un crimen. Peregrinos anteriores habían sido asesinados en estos sitios, porque eran foráneos. Habían sido quemados, golpeados hasta la muerte, estrangulados o simplemente linchados. Los asesinatos servían para establecer una comunidad coherente al igual que una red de lugares donde estos crímenes vinieron a ser idolatrados, proveyendo por lo tanto de un marco de orientación geográfica. El santuario nacional austriaco de Melk pertenece también a esta tradición de tribalización.

La cultura está fundada precisamente sobre este acto de exclusión. La cultura está basada en el crimen. El ejemplo más básico de un acto de cultura es un crimen cometido en común. Gritar “cerdo extranjero” es una prueba de ello. Un terreno en común se establece al marcar de forma violenta las fronteras de la distinción social. La cultura emerge de la tensión entre distinción y discriminación. Es una reacción incómoda formada a la luz del asesinato inminente. La cultura significa violencia ritualizada.

Esto se vuelve aparente si dejamos las delgadas fronteras conceptuales del Norte global. A menudo, escritoras feministas del Sur han descrito ciertas formaciones culturales como relaciones de violencia, especialmente hacia las mujeres. Violaciones brutales de la integridad corporal como mutilaciones genitales, la inmolación de las viudas, venta de novias o violencia doméstica son hechos socialmente aceptables como costumbres y tradiciones mediante conceptos culturales. El crimen es normalizado como cultura. Esta estrategia no está restringida al Sur. Después de todo, el mito fundacional de la cultura europea está basado en el relato de la abducción y la violación de Europa. Lo que sea que se catalogue como cultura europea está dispuesto en el contexto de esta atrocidad.

Las categorías de cultura son evocadas en la construcción de todas las divisiones tácitas posibilitando opresión y violencia. Bueno. Malo. Normal. Anormal. Honor. Vergüenza. Es en el nombre de la cultura que las mujeres son mantenidas en la violenta oscuridad de la esfera doméstica. Que son silenciadas, mutiladas y explotadas. Es para oponerse a la tradición, ritual y cultura, que las mujeres migran y rompen con los lazos del consenso tácito.

El campo de la privacidad

La cultura como crimen ocurre bajo condiciones específicas. Una de ellas es el concepto específico de tiempo-espacio. Este se caracteriza por una eterna repetición de hábitos, que construyen al espacio privatizado. El espacio de lo privado denota la ausencia del control público. Se refiere a la domesticación. Hannah Arendt astutamente distingue esta esfera de la arena política. Donde la privacidad se vuelve un principio, la esclavitud y la arbitrariedad mandan. Esta relación opresiva es glorificada como una ley de la naturaleza. Es el principio fundador de la economía el que es legitimado por necesidades naturalizadas.

Arendt insiste en que la organización temporal y espacial de la esfera privada está basada en el campo de la economía y su subyacente eterna circulación de producción y consumo. Es el lugar donde el tiempo es violentamente restringido a un ciclo sin fin, para reprimir cualquier potencial de cambio. Es el lugar donde la naturaleza reina a través del ritual, la repetición y la reproducción. Una eterna repetición que tiene eco en la producción industrial, que todavía domina los espacios de las periferias globales. Reproducción que significa la producción de niños, nutrición, salud y cuidado, en breve todos los tipos de trabajo que están siendo devaluados y naturalizados por el doble vínculo de una ideología nacionalista heterosexual y la división capitalista del trabajo. La reproducción, por lo tanto, ante todo se refiere al proceso de reproducción de relaciones de poder como pertenecientes a las leyes de la naturaleza.

Con la propagación global de las formas de producción capitalistas, las zonas de privatización han aumentado dramáticamente. El campo de lo privado es cualquiera donde que la esfera política haya sido desmantelada y mande la ilegalidad: en la guerra y en la guerra civil, al igual que a través de la hiperexplotación global en zonas de libre comercio semi-privatizadas, medias-colonias y protectorados. En el emplazamiento de la violencia doméstica. En “zonas nacionales liberadas”, lo mismo que en cárceles de deportación. Lo privado manda donde lo político haya sido purgado y las leyes de la tribu y el chanchullo prevalezcan.

El significado de lo privado debe ser desposeído de cualquier oportunidad de cambio y negado del campo de lo político. Este es el significado original de la palabra “privatio”: ser desposeído de algo y sufrir su (una) pérdida; en este caso, la pérdida de cualquier alternativa.

La domesticación del deseo

Esta es precisamente la razón por la que el oscuro hoyo triangular entre la cultura, lo privado y el crimen vino a ser interpretado en la cultura occidental como el territorio de la libertad burguesa. La esfera doméstica fue individualmente internalizada como el alma burguesa, como el campo de lo bueno, lo noble y lo bello. Esas propiedades debían ser cultivadas y apreciadas en su mundo interior —pero no en el mundo exterior de las relaciones políticas y económicas. El sitio del crimen habitual fue así transformado en el santuario de valores ideales, —un sitio donde la utopía atemporal del liberalismo convergía con el terror circular sin fin de la reproducción.

“La cultura significa no un mundo mejor, pero uno más noble: un mundo que no debería ser creado por el cambio radical de las condiciones de vida materiales, sino por procedimientos dentro del alma de lo individual.” (Herbert Marcuse).

Pero el deseo por una vida mejor no es un mueble adornando el interior burgués. Por el contrario, este deseo ha sido confinado al hoyo oscuro de la cultura para así poder asegurarse de que no va a ser realizado. La domesticación del deseo utópico tuvo lugar porque su confinamiento dentro de los límites de lo privado precisamente aseguraba que ahí no podría causar ningún cambio en las estructuras políticas y económicas. La proliferación de un estilo de vida de políticas de identidad individualistas es un asunto de la domesticación del deseo. Es el diseño interior del liberalismo utópico, dominado por las reglas de la economía y su tácito consentimiento a la opresión.

¿Diferencia u oposición?

Considerando este contexto, parece paradójico que de todas las cosas, el campo de lo privado fuera anunciado por los nuevos movimientos sociales como la arena de liberación. Lo privado es político —este eslogan de los setenta suena ahora como una amenazante profecía. No fue comprendido por la politización de lo privado, sino al contrario, por la privatización de lo político. En este contexto las prácticas culturalistas de las políticas de identidad individuales pueden compararse con otros ataques de privatización, por ejemplo, la masiva privatización del espacio público, los medios, los deberes sociales, o hasta Estados completos y territorios. Parece como si el campo de lo privado hubiera sido masivamente expandido, incluyendo su principio subyacente de una economía naturalizada.

En el Norte global, esta esfera de lo privado ofrece una serie de estilos de vida diferentes. Estos sugieren la libertad completa para diseñar las condiciones de vida de uno mismo —provistos para que permanezcan privados y restringidos al reconocimiento de identidades individualmente culturalizadas. La diferencia es tolerada dentro del sistema de domesticación cultural —pero no en (como) oposición al sistema mismo. La oposición es así reemplazada por la diferencia cultural. Es esta constante apropiación e integración en la esfera de lo económico y lo privado lo que caracteriza el método de domesticación cultural. Quien sea que opte por la identidad cultural es aceptado con respecto a su estilo de vida privado —mientras consienta permanecer indiferente hacia su entramado político. La diferencia cultural se traduce así a indiferencia política.

La ley del “desarrollo desigual”

Lo que es necesariamente marginalizado en el discurso de la diferencia cultural son sus condiciones políticas: en el contexto de una división internacional del trabajo, sólo los privilegiados están en la posición de usar la cultura como una herramienta de emancipación individual. Las condiciones materiales de una existencia de clase media blanca en el Norte, sin importar si son hombres o mujeres, heterosexual u homosexual, son proveídas por la explotación simultánea de, sobre todo, mujeres del Sur. La construcción de la identidad del primero tiene lugar a expensas del segundo. Así, aún las políticas de identidad más íntimas están involucradas en los modos de producción del capitalismo global. Lo que para algunos aparece como diferencia cultural, para otros significa desigualdad social, política y económica. Esta reproducción permanente de desigualdad forma el principio de “desarrollo desigual” en el contexto del capitalismo global. Este “desarrollo irregular”, la ley del apartheid económico, es la razón de la polarización global, la discriminación y la explotación.

Por tanto, la relación entre cultura y crimen, que parecía resultar de un concepto excesivamente amplio de cultura, ha sido probada como válida en el contexto de las formas globales de producción. Slavoj Zizek escribe: “Las políticas posmodernas de identidad multiculturales, este siempre creciente florecimiento de grupos y subgrupos con sus identidades fluidas e híbridas, cada uno de ellos insistiendo en sus estilos de vida específicos y su derecho a representar sus culturas específicas, este tipo incesante de diversificación es concebible sólo en el contexto de la globalización capitalista”.

La indiferencia del relativismo cultural enmascara esta diferencia fundamental: las discrepancias masivas en relación a la auto-determinación, agenciamiento y el recubrimiento (la cobertura) de las necesidades básicas. La noción de cultura transforma las jerarquías del privilegio global en un abanico horizontal de culturas respectivamente indiferentes. Reemplaza la noción de clase, pero no su principio.

Universalismo negativo

En contraste, las críticas feministas a la domesticación no están interesadas en la cultura, sino en el crimen que es habitualmente cometido en su nombre. Son aquellos que forzadamente son particularizados los que demandan estándares universales. Estos abordan derechos humanos, política, la esfera pública, ética y la justicia. Pero nadie escucha. Aquellos que son abordados han preferido transformarse a sí mismos en tribus obsesionadas con la cultura y se revuelcan en privado. La desigualdad global es expresada en términos culturales y es reificada como un objeto fetiche. Es transformada en una esencia ahistórica o en una mercancía exótica y, por tanto, tratada como cuantía positiva. El universalismo en el que los particularizados siguen insistiendo ha sido culturalmente relativizado —como una ideología eurocéntrica de Occidente. Nadie negaría esto. Pero la consecuencia de esta conclusión, a saber la indiferencia, debe de ser refutada.

Pero si el concepto debe de ser respetado, tiene que permanecer negativo, en su forma política de desigualdad. Este concepto se refiere solamente a los universales que son válidos en un nivel global hoy en día: a la opresión, explotación, a la discriminación y sometimiento —en una palabra, a diferentes posicionamientos entre la jerarquía de la clase global y las subsecuentes desigualdades en relación al acceso a la educación, trabajo, asistencia sanitaria y auto-determinación. Un discurso universalista que se refiere a estas diferencias es un universalismo negativo. Es en sí mismo una categoría histórica. No está basado en conjeturas metafísicas o analogías culturales, sino que empieza desde el hecho de que los modos de producción del capitalismo global conciernen a casi cualquier ser humano hoy: para algunos aparecen como cultura, para otros como crimen.

*Agradecemos a Hito Steyerl por permitirnos la traducción de su texto.

Foto: Mousse Magazine. 

Hito Steyerl (Munich, 1966) es artista visual y autora múltiples ensayos y documentales sobre los medios, la tecnología y la circulación global de imágentes. Steyerl es doctora en Filosofía por la Academia de Bellas Artes de Viena. Actualmente es docente de New Art Media en la Universidad de las Artes de Berlín.

Captura-de-pantalla-2014-12-26-a-las-13.26.20

Aline Hernández (México, 1988) es curadora y escritora. Se interesa en explorar procesos de resistencia y comunitarios y la relación de prácticas pedagógicas como herramienta para la transformación política. Su trabajo escrito reciente explora temas como neoliberalismo, economía del arte y educación, y arte y procesos de resistencia y de cooperación. Forma parte de la Cooperativa Cráter Invertido.