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Crónica de una burócrata, por Ana Coretta


Agosto, 2019

A nueve meses de la toma de Andrés Manuel López Obrador, se ha evidenciado que uno de los sectores más indignados es el de la cultura. El recorte presupuestal con el que numerosas instituciones recibieron al 2019, el tambaleo del Fonca, la presentación de proyectos llenos de opacidad como el Complejo Cultural Chapultepec —en detrimento de la infraestructura cultural que ya existe en la capital— son algunos casos que me hicieron cuestionar qué tan verdadera es la premisa de pacificar al país a través de las artes y el conocimiento.

Ya llevo un tiempo siendo parte del grupo de personas arrepentidas de votar por nuestro actual presidente. Mi decepción inicial se convirtió en estrés —mucho estrés— en tanto los salarios de mi contrato de honorarios a través del Capítulo 3000 se demoraron cuatro meses del año y nada me garantizaba que sobreviviera al cambio de sexenio. Viví de pedir prestado y todavía hoy debo dinero a quienes me apoyaron durante este año caracterizado por pagos a destiempo. Fue un período de mucha introspección, donde repasé las razones que me orillaron a votar por la austeridad republicana, y donde también evalué los motivos que años atrás me convencieron de ingresar al servicio público tras egresar de la carrera.

Quería rifármela por México e intentar cambiar algo del sistema desde adentro, en vez de criticarlo desde las torres de marfil de la academia o la iniciativa privada. Pensé en todas las veces en que mi familia me advirtió sobre las desventajas que estudiar una carrera de humanidades me traerían a largo plazo. Y peor: llegué a pensar que el tiempo les había dado la razón.

Fue la primera vez que un cambio de gobierno me afectó de manera tan abrupta. A un año de inaugurar el ejercicio de mi carrera profesional, me enfrentaba a una precariedad caracterizada por horas extras no remuneradas, soluciones improvisadas a problemas repentinos, endeudamiento y dinámicas de trabajo verticales que no había experimentado con anterioridad. Vi cómo compañeros/as de otras áreas fueron despedidos y cómo áreas enteras eran sustituidas por personas con actitudes que menospreciaban nuestro trabajo, quizás por haber trabajado en el gobierno durante el auge de la mafia del poder. Sentí la angustia de no saber si la siguiente a la que iban a despedir sería a mí.

“Se te dijo”, fue una de las frases que más me repitieron mis amigos y conocidos, no sin cierto aire de superioridad moral, cada vez que les compartía mi situación. ¿Qué opción había en ese momento? La mayoría de las personas en mi gremio estábamos convencidas de que limitar el poder del PRI era la forma más potente de combatir la descomposición y anomia social en la que está sumido el país —mismas que se agudizaron, paradójicamente, en uno de los períodos de bonanza macroeconómica más sólidos de su historia reciente—.

Antes de renunciar o ser despedidos, mis colegas de oficina me comentaban que la presente administración nos estaba defraudando. Que fuimos convencidos a través de un discurso que posicionaba a la cultura como un eje prioritario y redirigiría a creadores y productores hacia la titánica tarea de la conciliación nacional. Pero hace unas semanas me surgió esta inquietud: ¿Y qué tal si desde la lógica presidencial estos preceptos sí se están cumpliendo? A fin de cuentas, fui testigo de los cientos de personas que acudían a mi oficina para recibir apoyo de los más de 2,000 millones de pesos que se destinaron para los Puntos de Innovación, Libertad, Arte, Educación y Saberes (PILARES) —bajo esquemas de contratación, cabe mencionar, muy similares al mío—, el cual por cierto es uno de los programas medulares para el actual Gobierno de la Ciudad de México.

¿Era acaso una señal de que el trabajo que realizo no es prioritario al no vincularse de forma directa con las comunidades más necesitadas? ¿Acaso el no participar de forma activa entre los planes de regeneración social me convertía en un engrane más de los circuitos donde dominan la exclusividad y el elitismo? ¿Era válido quejarme sobre las condiciones que me fueron dadas para ejercer mi profesión, tomando en cuenta que el común denominador no cuenta con ningún apoyo del Estado en primer lugar? ¿No se trataba más bien de un caso típico de las reacciones que emergen en la clase media mexicana cuando sus intereses se ven afectados?

Uno de los aspectos que mi nuevo jefe recalcó al inicio de su gestión fue que habría que aprovechar la sincronía que actualmente existe entre la autoridad local y el gobierno federal para generar proyectos de mayor alcance. Partiendo de ello, creí conveniente activar la red de contactos que mi estancia en el gobierno me ha aportado para reafirmar o desmentir algunas perspectivas. Tras llevar un rato metida en este asunto, me di cuenta que mi opinión no era imparcial, y por tanto creí importante conversar con otras personas —jóvenes y adultas involucradas en mayor o menor grado con el aparato burocrático de México— con la finalidad de generar una postura más diversa. Quise escuchar los comentarios de quienes ya estábamos al interior de esta maquinaria antes del ascenso de Morena, pero también de quienes se integraron después, beneficiados de forma casi inmediata por estos eventos.

A pesar de que AMLO aseguró el fin del neoliberalismo desde su primer día en el poder, la dependencia del Estado mexicano hacia el sistema económico mundial es tan profunda que la sola idea de eliminarlo por decreto resulta absurdo. Una de las cosas que un infiltrado me dijo fue que todo parece indicar que durante este sexenio el sistema seguirá siendo el mismo, con la diferencia de que el poder ejecutivo ejercerá un mayor control sobre el devenir económico. Ello no es una particularidad de la presente administración, sino que se trata de un producto de la evolución que este modelo ha experimentado en las últimas décadas. Spoiler alert: la administración lopezobradorista no es de izquierda.

A estas alturas la ciudadanía está convencida de que el neoliberalismo está conduciéndonos a un desastre global, pero no me resulta frecuente leer ejercicios que reflexionen sobre la manera en que cada uno/a contribuye a su fortalecimiento. Si tomamos en cuenta que el neoliberalismo es un modelo basado en la producción, y que ya desde los años ochenta Guillermo Bonfil Batalla concibió a México como un país donde constantemente se confrontan dos modelos civilizatorios e idiosincrasias distintas —el occidental y el mesoamericano— es posible entender que este sistema ha expulsado desde sus inicios a sociedades cuyas líneas de producción no se enfocan al consumo masivo y la acumulación de capital.

En los últimos años se ha llegado al consenso de que las cúpulas dirigentes de este país tienen una deuda histórica con la creación de proyectos nacionales alternativos, y la administración de Morena prometió atender ese asunto cuando gobernara el país. ¿De dónde surgen entonces esta indignación y decepción colectivas? ¿Qué acaso no estamos viendo una mayor presencia de programas comunitarios, activaciones del espacio público y de iniciativas que buscan la regeneración de tejidos?

Tal vez una de estas causas sea el problema fundamental que la 4T tiene para comunicar lo que entiende por cultura. Ninguno de los sitios oficiales de las instituciones que la promueven cuentan con una visión, misión o definición que nos sirva como referencia. Nos tomó varios meses conocer su definición oficial y nos agarró por sorpresa tras las declaraciones de AMLO sobre el apoyo a pueblos originarios1 y la publicación del Plan Nacional de Desarrollo en julio de este año, donde queda claro que los espacios artísticos tradicionales pasarán a un segundo plano para dar cabida a acciones de difusión artística en barrios y comunidades afectados por la pobreza, la desintegración social y la violencia.2

La prensa nacional no tardó en calificar a estos conceptos como limitados. Pero si partimos de la premisa de que varias de las personas que nos hemos quejado de estas declaraciones somos más o menos beneficiarias del libre flujo de capitales, mercados y personas que la presente administración se ha encargado de calumniar, ¿no caemos entonces en una contradicción al exigir por un lado la democratización de las artes y lo que se entiende por “alta cultura”, y por otro generar las condiciones para conservar nuestros mayores intereses? ¿No es este un ejemplo de que las dinámicas culturales locales y globales no son capaces de conciliarse?

Una de las cosas que más ha llamado mi atención entre los círculos donde me desenvuelvo es la falsa conciencia de clase. Entre los puntos de concordancia que detecté entre mis entrevistados, es el de la dudosa autenticidad de la izquierda entre las comunidades artísticas e intelectuales —casi siempre privilegiadas— de México. En años recientes se han intensificado los postulados que critican los efectos de la economía de libre mercado en nuestro país, replicando los discursos que se han importado desde las grandes capitales del arte.

Esta voluntad de cambio, aunado a los abusos de gremios que tradicionalmente han dominado los proyectos culturales medulares del país, derivó en el apoyo explícito a actores, escritores y cantantes a las promesas de campaña de Morena en 2018. Sin embargo, algo que suele pasarse por desapercibido es el hecho de que estas comunidades apoyaron un discurso que cuestiona todos los órdenes de realidad preestablecidos, incluyendo los suyos. Dentro de las inconsistencias que el gobierno de López Obrador ha presentado, quizá se exenta el seguimiento a la política de austeridad que prometió en campaña. Si el presidente prometió un ajuste de cuentas en términos presupuestales, ¿por qué creímos que nosotros seríamos la excepción?

El neoliberalismo como concepto se ha explotado en los últimos años en foros, exposiciones y redes sociales de manera indiscriminada por personas que en ocasiones no poseen una conciencia plena sobre lo que es y qué efectos genera exactamente en cada individuo. Este término es uno de los favoritos en la retórica de López Obrador para diferenciar a su mandato del de sus antecesores, y al mismo tiempo es utilizado como justificación cuando la confianza en su gobierno se ve comprometida. No hay un correcto entendimiento de la izquierda en México.

Es probable, por tanto, que lo que estos sectores de la población en realidad buscan para su país sea la construcción de una estructura parecida a la socialdemocracia, como las que se aplican en los países escandinavos. Pero para alcanzar este proyecto sería necesario contar con una economía desarrollada, y ello solo se logrará a través de inversiones intergeneracionales en materias como educación, derechos humanos y el estado de derecho. Porque la historia contemporánea ha demostrado las consecuencias que la implementación de modelos de izquierda dura han generado en esta región de fragmentos llamada Latinoamérica. Mientras no exista una alternativa realista y viable a las injusticias, asimetrías y erosiones que el neoliberalismo ejerce día con día en el continente, no será posible superarlo.

Tras semanas de reflexionar desde qué privilegios criticaba a la presente administración, puse en tela de juicio la validez de reclamar una solución a los esquemas de precariedad laboral bajo los que opero, en un país donde millones de jóvenes como yo carecen de uno. Seamos honestos: si tú me estás leyendo quizás eres beneficiario/a de las mieles del neoliberalismo. No te conozco, pero asumo que tienes una formación universitaria, consumes fuentes de información que no necesariamente están escritas en español y has viajado en algún momento de tu vida al extranjero. Si reúnes al menos uno de estos factores eso en automático te convierte en parte de una minoría, así como en participante de la red de desigualdades sobre el que se ha construido esta nación. Lo siento. Aunque por otro lado, ¿qué tan jodidas están las actuales dinámicas laborales del país para que tenga que considerar un trabajo sin prestaciones de ley ni estabilidad económica como un golpe de suerte?

Hubo otro punto de acuerdo entre las personas que consulté —fifís y no fifís— que quisiera rescatar: los recortes presupuestales nunca son aceptables. Su aplicación no contribuye al fortalecimiento de la democracia, ni tampoco combaten de forma efectiva al cáncer de la corrupción. La 4T no tiene derecho a apelar a nuestra sensibilidad y comprensión mientras continúe asignando proyectos sin licitación, base su política de crecimiento en la producción de hidrocarburos, recurra a métodos asistencialistas para la repartición de la riqueza y ejecute despidos masivos a servidores públicos.

Como trabajadora de la cultura al servicio del Estado me ofende que haya colegas que ganen menos de 5 mil pesos al mes, en instalaciones que frecuentemente se quedan sin artículos básicos como focos o tóner por las políticas de ahorro que tienen como fin máximo incrementar los beneficios fiscales de PEMEX y así habilitar la construcción multimillonaria de obras como la refinería de Dos Bocas.

López Obrador parece omitir el hecho de que ya no vivimos en el México cardenista. Tanto el país como los retos a resolver han evolucionado, sobre todo, en materia medioambiental. Que no venga a decirnos que los indígenas son “la verdad más pura de México” cuando su gobierno se empeña en financiar megaproyectos que generan un daño irreversible sobre territorios con un legado mesoamericano latente, como Tehuantepec y la península de Yucatán.

Un amigo recientemente contratado por la Secretaría de Cultura me dijo tras un viaje de trabajo por los estados del sur: “Quizá esté escupiendo hacia arriba, pero muchas veces me pregunté qué estaba haciendo yo como gestor en lugares donde deberían estar construyendo hospitales; en lugares donde la gente se está muriendo. La falta de financiamiento al sector cultural sería justificable si ese dinero se destinara a necesidades básicas como salud y educación, pero no es el caso porque también en esos sectores ha habido recortes”.

¿Hay algo que pueda rescatar sobre esta nueva forma de pronunciar los discursos? Posiblemente estamos experimentando el primer intento verdadero de los órganos constitucionales de México por descolonizar sus estructuras. Si bien no cuentan con una mediación adecuada, el actual gobierno está trabajando para generar mayores vínculos entre los poderes municipal, estatal y federal a fin de visibilizar la interculturalidad y fortalecer el sentido comunitario entre grupos vulnerables como los presos y los migrantes centroamericanos.

Asimismo, hay quienes están desarrollando estrategias para reducir la brecha que existe entre arte contemporáneo y arte popular, generar nuevos públicos y descentralizar la producción y el consumo de arte en el país. Con ello me refiero a no solo dar a la gente de los estados un mayor acceso a la creación artística, sino también a tener la oportunidad de problematizar sus contextos y plasmar narrativas propias.

También existe un nicho para la promoción y exploración de los acervos de bibliotecas y parroquias que tiene el potencial de arrojar nuevas perspectivas sobre el ser mexicano, a través de plataformas como el Consejo Honorario de Memoria Histórica y Cultural de México, encabezado por Beatriz Gutiérrez Müller, aunque no queda del todo claro la vinculación que tendrá con la población en general.

Aún cuando existen acciones que en más de una ocasión me han hecho dudar de la capacidad de las nuevas administraciones al frente de instituciones culturales (como las clases para twerkear con perspectiva de género o para ser youtubero), me parece que el carácter experimental de esta transición es una cuestión que debo reconocer. Las pruebas de impacto no podrán presentarse en el corto plazo y habrá que distanciarnos varios años para saber si los esfuerzos y recursos invertidos nos dieron algún fruto.

Hace unos días platiqué por Whatsapp con una amiga que reside en el extranjero desde un jardín público cercano a mi casa. Eran casi las 9 de la mañana: la hierba y las flores estaban cubiertas de rocío. Mientras le contaba varias de las ideas que ya he descrito, le compartí una conclusión que no sabía que tenía y que se me inquietó mucho durante los días posteriores e incluso logró que me sintiera mal conmigo misma: México siempre se va a quedar en la antesala del Primer Mundo. Tus hijos, tus nietos y los hijos de tus nietos nacerán y morirán en un país desigual. Después de redactar ese mensaje, me dijo que no quiere vivir en México. Le dije que yo sí, pero que no la juzgaba por eso.

La ilusión de que estamos por convertirnos en un país desarrollado se ha maquilado en sus proyectos de nación desde el siglo XIX, al grado de transformarse en una especie de promesa no cumplida que no obstante está por cumplirse. La infraestructura funcionalista de México en 1968 y la firma del TLCAN en 1992 son dos ejemplos que me vienen a la mente para materializar la visión colectiva del “ya merito”. Algo que mis entrevistados me hicieron ver fue el hecho de que la desigualdad en México no solo es culpa del neoliberalismo, sino que en realidad tiene raíces culturales remotas.

La corrupción como la conocemos hoy nos fue importada por los españoles desde La encomienda, cuando los latifundistas hispanos prometían ante el aparato legal novohispano cuidar y evangelizar a los indios de sus tierras recién otorgadas, solo para poder usarlos como bestias de carga en el despliegue de la economía colonial. Del Virreinato también heredamos el esquema de sociedad estratificada: la segregación de individuos por el origen étnico, sexo, idioma y clase social son una forma de clasificación que 300 años de colonialidad le legaron a una sociedad que a duras penas supera los 200 como parte de una nación independiente.

En los últimos años nuestro país ha generado esfuerzos por visibilizar sus deudas históricas: hasta fechas muy recientes. Poco o nada se hablaba hace diez años sobre la xenofobia, la devastación de los ecosistemas, los derechos reproductivos o los feminicidios. Pero debemos pisar tierra y asimilar el hecho de que en este país siempre habrá proyectos civilizatorios que se interpongan frente a otros mediante el sacrificio de sus habitantes y la opresión de sus mayorías. Es una herencia cuya génesis radica en la violencia y que no podemos suprimirla. Los relatos de dolor, abuso e injusticia de nuestros antepasados corren por nuestras venas  criollas, indias, mestizas o mulatas.  

Para mí, el acuerdo más sano que podemos hacer como trabajadores de la cultura dentro de este nuevo devenir es reconocernos como la inoculación de un cambio que seguro va a eclosionar, pero que no nos tocará presenciar. Con el gobierno, sin el gobierno, y a pesar del gobierno. La meritocracia, el clasismo y las oligarquías que la 4T prometió erradicar en seis años han estado aquí durante siglos. Se han institucionalizado e incluso se han vuelto parte de lo que nos hace atractivos ante las miradas de los extranjeros.

Incluso estas heridas y estos contrastes están al interior de nuestros imaginarios más consagrados: Ignacio Manuel Altamirano describió el asco que provocaba la piel morena entre las mujeres de cabellos dorados en sus novelas costumbristas; Luis Buñuel nos mostró los arrabales que surgían en los márgenes de los rascacielos que surcaban el horizonte de una Ciudad de México injusta en Los olvidados; Diego Rivera inmortalizó la frivolidad de la burguesía y la explotación de los trabajadores en los muros virreinales de varias dependencias, y Francisco Goitia pintó el carácter desolado y sin esperanza de los páramos nacionales. Claro que ha habido avances, pero éstos no suelen presentarse de la manera inmediata a la que nosotros, jóvenes mexicanos del siglo XXI, estamos acostumbrados a recibir. Porque el ser humano no es virtuoso en su totalidad y es parte de su condición el querer desplegar su dominio sobre los otros.

Otros textos recientes del gremio hacen un llamado a la organización para superar la indignación que provoca el statu quo y pasar a la acción. Organización, palabra difícil de concretar en un país que no está acostumbrado a las causas comunes. Ni siquiera se puede decir que quienes estamos en un medio tan pequeño como la gestión cultural busquemos las mismas causas. Se trata de un ideal que mencionamos con aires de manifiesto como una forma de reafirmar nuestro compromiso con la comunidad, pero creo que muy en el fondo todos reconocemos que México no tiene una solución real. Como historiadora me parece que nunca nos recuperamos del golpe de la Colonia.

Si movimientos de regeneración como #YoSoy132 inauguraron la urgencia de mi juventud por cambiar las cosas, con estas líneas le doy clausura. ¿Es esto envejecer? Tal vez. Pero he entendido que una generación por sí sola no es capaz de dar borrón y cuenta nueva a todos los males que acosan a un pueblo. En esta tierra de realismo mágico donde de alguna forma u otra formamos parte de una otredad, y donde lo único que nos une es la mexicaneidad misma, será indispensable dejar los romanticismos a un lado y separar la corrección política de nuestro poder como ciudadanía. Pienso que solo desde la particularidad de nuestras circunstancias podremos germinar una simiente que la población mexicana que esté cuando trascendamos podrán incorporar en sus vidas. Si es que todavía queda vida.

Foto: etcetera.com

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“Lamentan concepto de cultura de AMLO” en El Universal, disponible aquí.

Para consulta aquí.

“AMLO emite memorándum por Ley de Austeridad Republicana con 13 puntos” en Político.mx, disponible aquí.

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La verdad más íntima de México, por Balam Bartolomé

Complejo Cultural Chapultepec: curiosa contrariedad de una política de descentralización, por Diego del Valle Ríos

#Capítulo3000: reclamo que no se mide en sueldos, por Brenda J. Caro Cocotle