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Chupópetros de antología, por Víctor Palacios


Mayo, 2018

No recuerdo la primera ocasión que escuché el término Capítulo 3000. Sin embargo, puedo imaginar que me valió un cacahuate pues qué más dan mil capítulos menos o dos mil capítulos más si la materia en cuestión no es una buena serie en Netflix o la novela que escribirá mi amigo Leopoldo cuando se retire en el 2033 y goce de una merecida jubilación, tras décadas de arduo trabajo docente. Al respecto, he tratado de convencer a Leo de iniciar su relato antes de que cuelgue los guantes, de ir imaginando al menos la trama y el carácter de los protagonistas, de ganarle tiempo al tiempo y comenzar su intrépida aventura literaria de manera paulatina. No obstante, él se niega rotundamente a aceptar mi consejo ya que, por ahora, debe y desea consagrarse al cien por ciento a sus alumnos, a la investigación y a las tareas propias de su noble profesión. Es decir, de su trabajo, de ese quehacer cotidiano que, sin ningún lujo desmedido, le permite llevar una vida agradable, con finanzas estables y le ofrece la posibilidad de proyectar su futuro, de llegar a tener una digna vejez. Sí, lo sé, de ser consecuente, su novela tendría que ser un híbrido entre la autobiografía postromántica y la ciencia ficción más radical.

Aquello que sí recuerdo nítidamente sobre el tres mil es la primera vez que caí en sus garras y acepté ser contratado bajo este régimen por el INBA cuando corría el año 2007. Mi experiencia laboral anterior con este salado instituto había iniciado en 1999 —coqueta cifra que ahora parece tan lejana como el oficio de telefonista para George Weah— cuando entré al Museo Tamayo como asistente de investigación para colaborar con Taiyana Pimentel. En aquel entonces no existía el tres mil y la contratación se hizo en automático por el que ahora parece un hiperbenévolo Capítulo 1000. Simplemente y sin ánimo de exagerar, la idea de trabajar de tiempo completo para una institución pública sin un mínimo de prestaciones y sin la absoluta certeza de recibir tus pagos quincenales de manera puntual, no era concebible ni por el más despiadado de los galeanenses ancestros de “El Bronco”. Tal vez por ello, cuando volví a México, tras cuatro años de estudio y trabajo en el extranjero e ingresé al Museo de Arte Carrillo Gil en 2007 por el Capítulo 3000 nunca imaginé que fuese algo tan perjudicial e inverosímil en términos económicos, laborales y de salud mental. Me pregunto, ¿cómo será el Capítulo 2116? ¿Por qué parece inversamente proporcional la explotación laboral al incremento capitular? ¿No sería lógico que el tres mil fuera más y mejor que el mil así como la Alpura 2000 es mejor que la simple y llana leche de este corporativo de ganaderos visionarios? ¿Llegará el momento de nuestra progresista civilización en el que el tres mil sea superado por otros capítulos más convenientes para el indefenso Estado?

En fin, entre el Carrillo Gil y el Museo de Arte Moderno al que ingresé posteriormente, tuve el gusto de doctorarme en la supervivencia al régimen tras cinco años (2007-2012) ininterrumpidos bajo su dulce yugo. En este periodo las condiciones fueron empeorando poco a poco pues si bien en un principio el cheque llegaba casi siempre de manera puntual, en los últimos años éste se transformó en un azaroso e intermitente espectro. Experimenté en varias ocasiones los largos trimestres sin pago. Sin embargo, mis colegas y yo nunca organizamos ningún tipo de protesta formal, ni nos manifestamos públicamente como ahora, por fortuna, ha sucedido. Aguantamos vara de manera estoica… lo que fue un irremediable signo de inmadurez política y moral, de golosa sumisión.

¿Debí haber rechazado las ofertas bajo esas condiciones? No lo creo. El panorama laboral en los museos comenzaba a nublarse y con ello también los obstáculos para ejercer la curaduría con cierto decoro profesional e intelectual. En este sentido, laborar en ambos recintos representaba un logro profesional, un reto significativo y una innegable oportunidad de continuar el aprendizaje del oficio en cuestión. En particular, el MAM, bajo la dirección de Osvaldo Sánchez, me ofrecía una sólida plataforma de desarrollo, un programa curatorial definido y congruente, la posibilidad de colaborar con un vigoroso y competente equipo de trabajo y una remuneración económica que difícilmente hubiera encontrado en otro espacio de la administración pública por el simple y llano hecho de curar exposiciones. En otras palabras, no me arrepiento de haber aceptado el tres mil pero sí de haber guardado silencio cual obediente siervo de la Alta Edad Media.

Deseo obviar los serios pormenores referentes a las múltiples dificultades que encierra trabajar bajo estas condiciones y pretender vivir de ello de una manera medianamente tranquila y equilibrada, que permita el disfrute de lujos descomunales como trazar una planeación de egresos e ingresos en pro de una saludable economía del hogar. La falta de un salario regular genera toneladas de estrés e incertidumbre pero, ante todo, deudas bancarias y familiares que uno debe adquirir para salir del paso. Éstas y los consecuentes intereses se multiplican y al milagroso descendimiento de los recursos prosigue la inmediata liquidación de las deudas, si es que uno quiere seguir siendo sujeto de crédito. Es decir, la vida sale mucho más cara en todos sentidos. Tus diez morlacos son seis en realidad y no es cuestión de enfoques sino de aritmética pura y durísima cuando de pesos y centavos se trata. Como dice el dicho que ya no sé si se siga diciendo ahora pero que Juan José Arreola afirmó haber escuchado en voz de un sabio acreedor: “Los que pagan, lo hacen también por los que no pagan”. Bellísima sentencia que trae a mi memoria la figura jasídica de mis queridos justos desconocidos.

Ahora bien, siguiendo en la tesitura de los deudores y acreedores, la situación deviene francamente ridícula cuando el moroso Estado —a través de la Secretaría de Hacienda— exige al prestador de servicios —Capítulo 3000— estar al día con el pago de sus onerosos impuestos para poder aspirar a ser retribuido con meses de retraso. Predicar con el ejemplo. La rabia y la bilis se desbordan a la par de la extinción del más mínimo grado de esperanza de que tu trabajo sea realmente apreciado por los altos mandos. ¿Cómo puede explicarle una madre a su hija que las dificultades económicas que atraviesan en casa se deben al propio gobierno que, sin siquiera despeinarse, mantiene a miles de trabajadores PÚBLICOS en estas condiciones? Subrayo la dimensión pública porque quienes laboran de planta en museos e instituciones de gobierno bajo este régimen devienen, a todas luces, servidores públicos y ello implica asumir las responsabilidades del cargo: Dar la cara, mantener a flote la chinampa, ser el intermediario con los visitantes, generar contenidos creativos, redactar cartas oficiales, cuidar y procurar los bienes artísticos y el patrimonio público de la NACIÓN, etc.

Lo que está claro —y no es nada nuevo, sino cada vez más insultante— es que a nuestro gobierno le ha parecido propicio cavar una zanja entre los “verdaderos” servidores o funcionarios públicos que gozan de las prestaciones correspondientes y los servidores (prestadores de servicios) públicos de segunda o tercera que no merecen casi nada, ni siquiera el pago puntual por su trabajo. Amor por los contrastes, dijo Francisco de Asís a la boa constrictor mientras ésta devoraba una doble whopper con queso frente a un par de famélicos contorsionistas estancados en un sueño rayado de equidad. Diez melones para mí, el capítulo de chocolate para ti. Y, por cierto, como vas con esos textos…

¿En verdad es necesario para el Estado generar estas precariedades laborales al seno de sus instituciones culturales? ¿Qué efectos o dañinas consecuencias traería para la economía del país pagar a tiempo a estas personas y ofrecerles un mínimo de prestaciones? ¿Cómo afecta esta situación a la dinámica interna de los equipos de trabajo y al resultado final de lo que finalmente se ofrece a los públicos? Si bien es evidente la astuta jugada neoliberal, en realidad no hay ninguna justificación válida o razonable sino un claro desprecio y un gravísimo deterioro moral e institucional. Una alarmante decadencia e indiferencia, un mal negocio a corto, mediano y largo plazo. No te pago a tiempo porque no quiero, porque no me importas lo suficiente, porque hay muchos ciudadanos en peores condiciones que tú y no se quejan, porque tengo otras prioridades y estoy muy ocupado, porque así es la cosa y porque, además, no tengo nada que perder y mucho por manipular, desviar, ocultar o simplemente mantener en ese limbo atmosférico donde los recursos permanecen hasta que alguien, casi por intervención divina, decide que bajen para calmar a los hambrientos esclavos terrícolas y garantizar así que mañana por la mañana le sigan dando duro, con una gran y honesta sonrisa tipo payaso estetizado bajo puente metropolitano. Y si no te gusta este escenario, búscate otra carpa, la puerta siempre está abierta. Es más, date cuenta que nunca has entrado en realidad. ¡Debes aprender a controlar los límites de tu imaginación! ¡Esperar tu turno y, mientras, aprovechar esta oportunidad! O bien, conseguirte una mágica escalera, un trampolín, un simple atajo.

Si el Estado no paga mamá, ¿quién lo hace en su lugar? Si el Estado es una afinada maquinaria de corrupción y violencia institucionalizada, ¿quién actúa conforme a la ley o más bien —en México donde la impunidad reina— apegado a un código de sentido común y honestidad? Si el Estado no cesa de fasquiar, ¿quién se encarga de mitigar el mal olor, de la mierda por décadas estancada, de la podredumbre ética que define los hermosos tiempos de nuestra inmaculada democracia y pujante clase política?

Hace unos días me topé con una palabra fantástica por su sonoridad y significado: chupópetro. Así como suena, así como chifla y patea. El término presenta dos acepciones contundentes, la primera: dicho de una persona que, sin prestar servicios efectivos, percibe uno o más sueldos, y la segunda: dicho de una persona que se aprovecha de otras. Tengo la ligera impresión que ambas pueden asociarse a las mentes brillantes que, con alevosía y ventaja, dan su consentimiento para mantener intactas las cláusulas del tres mil y todos los efectos nocivos que ello implica. Aviadores de cuerpo presente, explotadores, gandallitas institucionales que se aprovechan del ciudadano, del trabajador para cultivar y mantener un estado de precariedad social, de descontento.

Así son nuestros funcionarios públicos VIP de la Secretaría de Cultura y otras dependencias aledañas quienes, antes que nadie, deberían salir a la calle a exigir un trato digno a sus empleados y colegas. Eludir tus responsabilidades, las del cargo que ocupas, significa dejar de prestar los servicios por los cuales eres puntualmente remunerado. Calentar el trono, llegar a tiempo a revisar tu Facebook cada mañana, asistir bien peinadito a todas esas reuniones, conferencias de prensa e inauguraciones que tienen lugar en tiempo y forma gracias —en buena medida— al trabajo de tus subordinados contratados por el Capítulo 3000 no tiene precio. Emocionado me quito el sombrero ante el funcionario de primera: es usted un CHUPÓPETRO de antología. Usted y todo su exquisito séquito de genios, campeones mundiales en mezquindad institucional y desfachatez. ¿Y la cultura? ¿Y la educación? ¿Y cómo va la tierna y multisensorial exposición de Caravaggio en el MUNAL para la que sí hay recursos? Supongo que esta muestra cambiará la historia de las artes en este país tan necesitado de semejantes derroches de inteligencia y sensibilidad rizomática. Todo un éxito, uno más. La gallina de los huevos de oro ha muerto, en efecto, pero su fantasma sigue recibiendo los bonos semestrales. La pachanga burocrática está intacta.

Mientras todo esto sucede, Leopoldo viene de regreso a casa tras un día más de trabajo en la universidad donde labora desde hace ya varios años. Un día más en el que su actividad profesional le genera ingresos seguros y una extraña cosa llamada antigüedad. Cada hora, cada jornada se van restando en una estricta cuenta regresiva que culminará en su retiro y su respectiva jubilación. De no acontecer una catástrofe, escribirá su anhelada novela. Aunque lo niegue, estoy seguro que, entre un examen y otro, entre el descanso de una clase y otra, ha definido ya el número de capítulos que tendrá su obra futura y la cantidad de páginas por episodio y la cifra de horas que dedicará cada día a esta importante empresa. El novelista en potencia, como el sistema digestivo de la boa, está programado. Volará canutero en mano, escamoso ambidiestro.

 

P.D. Deseo alentar a los colegas que actualmente están exigiendo a las autoridades mejorar sus condiciones laborales y los felicito de verdad por haberse manifestado públicamente y de manera contundente. Cosa que, como ya lo mencioné, no hice cuando me correspondía alzar la voz. No queda otro camino más que buscar por todos los medios un verdadero reconocimiento institucional a nuestros “extraños” oficios. Asimismo, agradezco los textos que Brenda Caro y Operación Hormiga publicaron en este espacio sobre los recientes acontecimientos en torno a las protestas por el Capítulo 3000 y las atrocidades que éste representa para los trabajadores del ESTADO. Antier, fue primero de mayo y muchos chupópetros continuarán ensanchando su reinado sin haber movido un dedo. Habría que escribir otro texto al respecto.

Imagen: Cortesía del autor.

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Víctor Palacios es Jefe de Artes Visuales de Casa del Lago Juan José Arreola (UNAM). Ha trabajado como asiste curatorial en el Museo Tamayo, en Sala de Arte Público Siqueiros y en la Bienal Manifesta 5. De 2005 a 2007 fue curador independiente en Barcelona. Asimismo, se desempeñó como curador en jefe del Museo de Arte Carrillo Gil y curador del Museo de Arte Moderno. Es cofundador de Materia de dibujo / Drawing issues.