Arte

CEMENTERIO DE ESTATUAS SOVIÉTICAS EN MOSCÚ


Rodrigo Bonillas

Fuera de los países soviéticos, el nombre de Félix Dzerzhinski ya va olvidándose, pero hace varias décadas una gran estatua suya dominaba la plaza Liubianka, en el centro de Moscú, ahí donde se asentaban los cuarteles del KGB y también ahí donde, hace cuatro años, en el subsuelo, una bomba estalló por un ataque suicida al metro moscovita. Pues bien, esa escultura fue una de las primeras bajas que trajo consigo la extinción de la era soviética en Rusia. Dzerzhinski, mejor conocido como el Félix de Hierro, fue el fundador de la Cheka, que llegaría a ser, pasados los años, el Comité de Seguridad Estatal o KGB, ese siniestro cerebro que orquestó una de las épocas de terror más atroces que el hombre haya conocido. En 1991 su estatua fue desempotrada y alejada de la plaza Liubianka.

La efigie del Félix de Hierro de Liubianka comparte espacio, hoy, con otras esculturas soviéticas que no eran bien vistas desde antes de la caída de la URSS, y que después de 1991 se volvieron insufribles. El lugar, un parque, se conoce como Muzeon, Parque de las Artes, pero este nombre tan neutral no delata lo que ahí se expone. Por lo general se llega a él a través de un museo: la sección de arte del siglo XX de la Galería Tretiakov (la colección más importante de arte ruso), que está al lado. Hay mucha ironía en este emplazamiento: esa sección de la Galería Tretiakov se dedica a la obra de los primeros vanguardistas rusos, pasa por el constructivismo de Ródchenko o el suprematismo de Malévich, se regodea en el realismo socialista y concluye con el sots-art, esa crítica mordaz e inteligente que los artistas de las últimas décadas de la URSS lanzaron contra la ideología de su tiempo. Este viaje de un siglo dentro de la Tretiakov se confronta, ya al aire libre, con el paseo por un parque que tiene varios Lenin en diversas posiciones combativas, y algunos bustos de Marx, y ciudadanos soviéticos, y un gran escudo de metal de la era de los cosmonautas, y obreros y campesinos musculosos dispuestos a la faena. Pero lo más insólito son las estatuas de cierto señor bigotón al que le tenían mucha tirria: varios Stalin de piedra desnarigados.

Es peculiar el modo en que esta sociedad salda cuentas con su pasado a través de sus monumentos. Afuera del Muzeon, aún hoy un Lenin gigante domina la Plaza de Octubre en Moscú, aunque alrededor suyo haya ahora letreros de neón de marcas japonesas, y Marx tiene todavía su estatua no lejos de la Plaza Roja y cerca del Teatro Bolshói. Pero Stalin se cuece aparte. El Muzeon, Parque de las Artes, es quizás el único lugar de Moscú al aire libre, público, que se dedica a exhibir, para la memoria, los ídolos odiosos, diosecillos exiliados de un reino caduco, últimas rocallas de aquella obra de arte total que, si seguimos la teoría de Borís Groys, fue el universo de Stalin.

Putin (que se formó como espía en el KGB) desea restaurar, y no nos sorprende para nada, algunos monumentos al Félix de Hierro.