archivo

Casa de vidrio de Julius Heinemann, por Daniel Garza-Usabiaga


Por Daniel Garza-Usabiaga | Octubre, 2015

El filósofo y novelista utópico Paul Scheerbart dedicó gran parte de su obra del año 1914 a la reflexión de una arquitectura hecha con cristal. Más que una apuesta por la transparencia, propugnaba por el uso de cristal de distintos colores. La superficie de las construcciones debía de conformarse por enormes vitrales que crearan ambientes lumínicos policromados al interior. Para él, esta condición espacial era un requisito para que la arquitectura operara englobando y estimulando todos los sentidos del usuario. El espectáculo lumínico, además, se iría transformando a lo largo del día, de acuerdo a las condiciones de luz, en una propuesta radical que buscaba reconciliar la construcción con la naturaleza. Con esto, la alternativa de arquitectura de cristal criticaba la estandarización, la simplicidad y la uniformidad que caracterizan la mayor parte de los espacios en los que el individuo lleva a cabo su vida cotidiana. Con luz de colores en continua transformación, Scheerbart buscaba hacer de la experiencia del espacio un evento único e irrepetible, en todo momento. Estas reflexiones quedaron asentadas en su tratado sobre Arquitectura de cristal, su novela El manto gris y diez por ciento de blanco y la estrecha colaboración que sostuvo con Bruno Taut para la construcción de su Pabellón de Cristal, edificio al que dedicó una serie de aforismos.

Recientemente el artista Julius Heinemann llevó a cabo su propio proyecto de una Casa de vidrio. Ubicada en el patio de una casa en el centro histórico de la ciudad de Bogotá, el artista alemán levantó una estructura de bambú con un techo de dos aguas, una solución prototípica que remite a la figura de la casa. En vez de utilizar vidrio, recurrió al plástico transparente como recubrimiento de esta estructura. Sobre este material y valiéndose de varios objetos que se encontraban en el sitio, Heinemann realizó una de sus instalaciones entendidas como investigaciones en las que lleva el dibujo y la pintura al terreno del espacio. Ejemplos de este tipo de proyectos ejecutados anteriormente son Dia (2015) y O lo uno o lo otro (2014). En dichos casos, utilizó una serie de cortinas transparentes para articular una arquitectura efímera que daba profundidad a la escena y permitía un juego de planos para la experimentación de la pintura en el espacio. Esta configuración, a la manera de una instalación, garantizaba una experiencia totalmente corporal por parte de espectador.

A diferencia de estos trabajos, Casa de vidrio no se encuentra dentro de una situación contenida, como lo es una galería, sino que se ubicó en un espacio exterior. Heinemann aprovechó esta situación para integrar a la instalación la serie de elementos presentes en el lugar, desde la vegetación hasta viejos balones de futbol, cajas de distintos colores o mosaicos que nunca fueron debidamente fijados al piso. Los colores y formas de las plantas fuera del perímetro de la casa se ven, desde el interior, difuminados por el plástico; algo que remite a las manchas y líneas de colores, asociadas a la práctica del dibujo, que distinguen la práctica pictórica de Heinemann. El artista también ensambló sobre el piso una retícula con mosaicos grises que enfatizaba el color amarillo y verde de las flores del patio. Aprovechó otros objetos que se encontraban en el sitio, pintó algunos y construyó composiciones geométricas de fuerte carácter gráfico en las que, por ejemplo, un viejo balón puede ser visto como una forma circular o una esfera con un intenso color rojo. Abarcando la totalidad de la escena contenida dentro de esta “arquitectura de cristal”, el trabajo de Heinemann puede ser visto como un ejercicio de dibujo y pintura que ocupa el espacio, en el que los distintos elementos (manchas pintadas en el plástico u objetos esparcidos por el sitio) entablan distintas relaciones entre ellos.

Gran parte del diseño y la solución de los proyectos de Heinemann proviene de un estudio cuidadoso sobre cómo el espacio se relaciona con la naturaleza y, en espacial, con la luz. Sus marcas, manchas y gestos hechos con aerosol, grafito o crayón son, en gran medida, registros del paso de la luz a través del espacio, a lo largo del día y por un largo tiempo. Compass (2013) es una pieza del artista que ilustra esto a la perfección.

Como la arquitectura de cristal de Scheerbart, la Casa de vidrio de Heinemann ofrece un espectáculo único cada vez que se visita. La luz enfatiza los colores aplicados por el artista y crea patrones cambiantes con la sombra de la pintura sobre el plástico, así como con los objetos esparcidos en el espacio. La relación de esta obra reciente del artista con la especulación utópica del filósofo de hace una siglo no es del todo arbitraria. Por un lado se encuentra la condición espacial de la práctica de Heinemann que reflexiona —no sólo en algunos casos— sobre la pintura moderna del siglo XX, sino también sobre ejemplos de arquitectura donde la relación entre el espacio y la luz tuvieron primera importancia, como el trabajo de Luis Barragán o el producido bajo el programa del neoplasticismo holandés. Por otro lado, Scheerbart y Heinemann parecen coincidir en hacer de la arquitectura (una disciplina fuertemente asociada con lo estático y lo inerte) un evento en continua transformación y, así, proponer que —como sucede en el dominio de la naturaleza— el campo de representación en el arte debe de estar en constante cambio.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Foto: Cortesía del artista.


Captura de pantalla 2015-04-27 a las 13.41.18

Daniel Garza Usabiaga cursó una maestría y doctorado en Historia del Arte en la Universidad de Essex, Inglaterra. Posteriormente realizó un postdoctorado en el Instituto de Investigaciones Estéticas de UNAM. Se desempeñó como curador en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de México y como curador en jefe en el Museo Universitario del Chopo. Actualmente fue designado como director artístico de Zona Maco, además de ser curador independiente.