Arte

Carrie


Por Abel Cervantes

 

 

En El exorcista William Friedkin desmenuza cuidadosa e inteligentemente los trastornos que sufre una adolescente al ser poseída por un demonio. La historia puede servir de alegoría del despertar sexual en la juventud, y de sus consecuencias físicas y psicológicas. Carrie, remake de la película homónima de Brian de Palma de 1976, elige el mismo camino. Sin embargo, lo que en la película de Friedkin se desarrolla sutilmente y a través de un complejo engranaje, producto de un guión eficaz, en la cinta más reciente de Kimberly Peirce (Los muchachos no lloran, 2000) ocurre de forma explícita y, hasta cierto punto, absurda.

Carrie (Chloë Grace Moretz) es una chica de 18 años que luego de su primera menstruación descubre que tiene poderes. Y los utiliza para asesinar, de forma predecible, a su madre, que reprime sus deseos. El relato liga torpemente este suceso con los códigos de cine de terror. La primera parte de la película se desenvuelve lentamente sin ninguna justificación. El guión tiene poca sustancia, mientras que las actuaciones son acartonadas. La relación de los acaecimientos con la religión son superficiales y poco efectivos. No obstante lo anterior, una secuencia vale la pena. Cuando Carrie finalmente decide aniquilar a todos sus compañeros de escuela, luego de ser objeto de una broma terrible, sale a la calle y asesina sin piedad a su principal enemiga. El rostro de la joven queda estampado en el parabrisas de un auto.

La sangre es una de las protagonistas de este filme. Pero Peirce la utiliza reiteradamente sin necesidad. El recurso es hasta cierto punto frívolo, y termina convirtiéndose en una caricatura. Carrie es una película poco oportuna y un remake que nos recuerda la poca imaginación que en los últimos años ha rodeado a la industria hollywoodense para crear cintas de terror. Las películas más interesantes recientes provienen de otras regiones. Ejemplos: REC (2007), de Jaume Balagueró y Paco Plaza; Mientras duermes (2011), también de Balagueró; o Déjame entrar (2008), de Tomas Alfredson, por mencionar algunas.