archivo

Arte y hacktivismo como herramienta de resistencia, por Maya Juracán


Mayo, 2020

El virus ha enfatizado las desigualdades sociales, los malos accionares de nuestros gobiernos, la necesidad de la respuesta inmediata ante el cuidado del capitalismo, la precariedad de nuestro sistema de salud, el hambre, el encierro, el miedo y la muerte. 

Pero aún tenemos voz, estamos encerrados, no callados, ante esta crisis sanitaria pareciera que algunas personas la viven a través de interacciones en redes sociales, internet, plataformas de comunicación, apps y los aparatos que las contienen. Uno de los grandes problemas de la época de la informática es la manipulación de la información mayormente de parte del gobierno, pero tenemos virtudes como los memes que hasta parece que nos mantienen vivos.

Entender que el internet y nuestras interacciones son solo un vehículo, es entender que está articulado por un sistema programable y funcional, «nada pasa en el mundo cibernético sin antes ser programado», menciona El Mentor, y existen personas que entienden muy bien estos lenguajes.

Los hackers son quienes sobreentienden estos lenguajes programables y cómo emplear sus funcionalidades. En realidad, los hackers primero se dedicaban a una especie de curiosidad navegadora hasta que en 1986 Loyd Blankenship, conocido por su seudónimo El Mentor —un hacker arrestado luego de traspasar las barreras de seguridad de un banco—, escribió La conciencia de un hacker, manifiesto que serviría como fundamento ético a los hackers de todo el mundo. El escrito afirma que la tecnología debe de ser usada para ampliar nuestros horizontes y procurar el mundo libre:

«Este es nuestro mundo ahora… el mundo del electrón y el interruptor, la belleza del baudio. Nosotros usamos un servicio ya existente sin pagar, por lo que podría ser muy barato si no fuera manejado por glotones lucrativos, y nos llaman criminales. Exploramos… y nos llaman criminales. Nosotros buscamos más allá del conocimiento… y nos llaman criminales. Existimos sin color de piel, nacionalidad o religión… y nos llaman criminales. Ustedes fabricaron bombas atómicas, pagan guerras, asesinan, engañan, y nos mienten y tratan de hacer creer que es por nuestro propio bien; sin embargo, nosotros somo los criminales».

Esto sería el principio de lo que después llamaríamos hacktivismo, una especie de hacker que además de su curiosidad incansable, busca por sobre todas las cosas el bien común. Pero, ¿qué pasa cuando un artista entiende este lenguaje y además vive en carne propia las luchas comunitarias e indignaciones del pueblo?, ¿es un hackartivista?

Bryan Castro es un artista guatemalteco de la ciudad de Quetzaltenango, que entiende de lenguajes virtuales y desde ellos modifica el sistema virtual para producir lo que podría entenderse como PrankArt, a través del defacement o desfiguración, que es un ataque a un sitio web para cambiar su apariencia visual. En corto tiempo, Castro se apoderó momentáneamente de 9 páginas web para montar sobre ellas lo que él considera una sátira artística, o un dibujo digital.

La apropiación fue a una página gubernamental que no mencionaré por seguridad, pero que es reconocida por casos de corrupción. Castro montó la obra El Préstamo, del artista guatemalteco Aníbal López, pieza que narra el asalto cometido por el propio López y cuyo monto robado «patrocinó» el cóctel de apertura de su exposición.

Esta intervención es una denuncia clara del Estado corrupto y sus perpetradores.

Otra página a la que Castro accedió fue Radio Sonora, sitio de noticieros en Guatemala. Ahí, el artista montó una referencia a la obra Una y tres sillas, de Joseph Kosuth, pero con el rostro de Luis Rabbé —personaje político prófugo, capturado por la INTERPOL por presunto fraude, que fue además presidente de Radio Sonora por 20 años y dueño de diferentes medios de comunicación—. En esta intervención, el rostro triplicado de Rabbé cuenta las otras historias de la historia.

Guatemala no tiene un museo de arte contemporáneo, pero sí una ingeniosa idea que se titula NuMu (Nuevo Museo de Arte Contemporáneo), espacio expositivo independiente dentro de una antigua estación de venta de huevos. Para su página web, Castro hizo una intervención con lo que él llama dibujo digital, una especie de fallo en el sistema que trata de repeticiones constantes y que pueden ser infinitas.

www.elnumu.org

Esto nos hace plantear una nuevas ideas y diálogos sobre los alcances de lo estético en la era digital.

Para la 22ª Bienal de Arte Paiz, Castro intervino la página oficial: al ingresar, los usuarios podían dibujar y hacer modificaciones al contenido, por ejemplo, vimos al curador en jefe Gerardo Mosquera con cuernos de diablo. Posteriormente, el artista compiló todas las intervenciones en un catálogo.

Otras de las piezas fue La Masacre de Tecún, en la que Castro convierte un antiguo billete guatemalteco ya extinto —con el rostro de Tecún Umán, líder indígena— en código QR que al leerlo reproduce la denuncia de Cristina Ardón Simón, representante legal y presidenta del Comité Campesino del Altiplano (CCDA). La Masacre de Tecún es una excusa estética para denunciar lo evidente pero invisible, lo que no se quiere ver: en lo que va del año al menos siete defensores del territorio han sido asesinados por liderar a sus comunidades en la defensa de los recursos naturales y oponerse a proyectos extractivistas.

En el video que reproduce el código QR se nombra a Samuel Chub, Gumercindo Butz, José Cal Xol, Mateo Chaaman Pauu, Ramon Choc Scarab y, recientemente, la líder maya ixil Juana Ramírez Santiago. Todos torturados y asesinados violentamente, crímenes hasta ahora impunes.

La primera edición de la Bienal en Resistencia nos enseñó la importancia de un netcenter, centros encargados de crear tendencias y opiniones digitales. En Guatemala, los políticos los usan para esparcir noticias falsas, o manipular apoyos ficticios a sus campañas. Castro creó un modelo para que todas las personas pudieran hacer su propio netcenter y producir y viralizar memes o fake news.

De los más recientes trabajos de Bryan Castro durante esta pandemia fue crear el @Covidartmuseum, cuyo primer ejercicio fue crear un bulo, una falsedad articulada de manera deliberada para que sea percibida como verdad, es decir, una fake news: «Guatemala el país más seguro durante la pandemia», una ironía, analizando los índices de violencia y del sistema precario de salud. La noticia se volvió viral y a los 3 días el artista la desmintió. Con esto, Castro juega con el concepto de post-verdad a la vez que reflexiona sobre lo consumido como verdad en redes sociales.

Desde esta misma idea, Castro cuestiona los espacios físicos y virtuales en la red, a través de posters con códigos QR que conducen a las frases «por eso me quejo y me quejo, por eso ya no soy un pendejo» y «qué podría pasar si a todos nos diera por pensar». Algunos de estos posters existen en las calles de Quetzaltenango, otros solo existen en el mundo virtual, ¿pero cómo saberlo? Lo interesante es que con estas las frases juega al interminable ejercicio de los cuestionamientos como un ejercicio de pensamiento.

Bryan Castro actualmente trabaja con El performance, proyecto donde busca utilizar un portafolio con realidad aumentada, que posteriormente cambia para trabajar con EAC experiencias cercanas a la muerte y los EAC estados alternativos de la conciencia, además de El canal del gobierno y el oráculo de adivinación, programa en el que podrá acceder para solicitar predicciones del mismo presidente de la República.

En esta pandemia, Castro habla de «una nueva realidad», la idea de que hay algo ahí afuera que no se puede ver pero te puede matar, un miedo a lo no tangible, y entiende perfectamente que la tecnología es una herramienta que nunca sustituirá el espíritu creador humano.

La crisis sanitaria a nivel mundial acompaña un fuerte cambio tecnológico, y el artista plantea que la contingencia va a pasar, pero se quedarán las bases y dinámicas que vivimos aquí en la memoria del cuerpo. 

En un mundo donde nuestro falso sentido de seguridad está roto, podemos encontrar en la tecnología caminos de acción y activación colectiva, más allá de utilizarlos solo como vehículo o como se supone que está permitido. Es importante cuestionarnos cómo hacer uso de estas herramientas para vulnerar la estructura sistémica, en el arte y en la vida.

Estamos encerrados, no callados.

Foto de portada: La Masacre de Tecún, de Bryan Castro | 21 Bienal de Arte Paiz.

Fotos de texto: Cortesía Fundación Paiz y Cortesía de la autora.

— —

Maya Juracán es Curadora en Jefe de La Bienal en Resistencia y Co-curadora de la 21ª Bienal de Arte Paiz, Más allá (2018). Dirige el programa de formación en artes visuales en Fundación Paiz, Guatemala. Es curadora aliada de la Casa de la Memoria (CALDH) en donde trabaja desde la gestión crítica de la memoria histórica guatemalteca, parte de comprender el territorio para acuerpar los diálogos localizados desde el feminismo comunitario como una herramienta para pensar en el espacio como una relación epistemológica en flujo, el cuerpo en su relación con este espacio, el tiempo, el movimiento y la memoria.

— —

Entrevista | La Bienal en Resitencia