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Archivo | #ZOOM_OUT! Internet pandémico, un problema para nuestros cuerpos, mentes y afectos, por Cinthya García Leyva


Que afortunadamente puede detenerse a través del conocimiento colectivo, interdisciplinario e intergeneracional.

Junio, 2020

Raíces (y agradecimientos)

Porque parte de una situación absolutamente atípica, escribiré este texto también atípicamente (al menos en cuanto al tipo de textos que estoy acostumbrada a escribir: académicos o ensayísticos, casi siempre regidos bajo una fecha límite de entrega, un formato y una extensión previamente acordados, o un espectro de alcance lector medianamente calculado).

Para ello agradezco enormemente la complicidad y la medición del pulso de Pamela Ballesteros, editora de GASTV, que generosamente propuso este espacio para hacerlo y con quien mantengo una complicidad a distancia: la mirada compartida de hacer proyectos, independientes o no, donde la colaboración, la perspectiva de género y el apoyo mutuo sean siempre el punto de salida. Por eso publico este texto aquí.

Me he permitido por primera vez desde hace muchos años un ejercicio de escritura continua. Parto de ideas que durante los últimos días he estado aterrizando en pantallazos, frases cortas y apuradas, reflexiones a botepronto que conjuntan, a dos meses de confinamiento, experiencias teóricas anteriores, memorias poéticas, performatividad corporal y diálogo con otras cómplices.

No puedo comenzar sin decir que aquí se vierten también las voces y el acompañamiento de las mejores aliadas en estos tiempos tan extraños: la enorme Tania Aedo, las maravillosas Electrobiota (a quienes solamente escuché una vez y a distancia, gracias a Tania, pero hacen tanto por poner conexiones orgánicas en su sitio), mi madre (escaldufa), mis amigas de siempre y más amigas que nunca en la pandemia Sofía Izquierdo, Adriana Izquierdo, GA BI; Ilona Goyeneche, Julieta Giménez Cacho, Violeta Horcasitas y Amanda de la Garza, admiradas colegas y ahora también compañeras de diálogo.

Mi adorado alumnado, ese pequeño grupo talentoso que, como he dicho en otros espacios, es para mí el oráculo del futuro y fue también mi pulso semanal para la desesperanza y la esperanza renovada: grupo con el que comencé clases presenciales y terminé un semestre a distancia, en el que viramos teórica y experiencialmente a hablar de políticas de lo digital en el corazón de lo que cada quien vivía ante la contingencia.

Agradezco también el conocimiento vital de mi casero, señor mayor amante cuidadoso de sus plantas, con quien he ido aprendiendo a conocer y cuidar las que generosamente viven en mi casa, y el apoyo de otro querido colega, el contador Alfonso Baca, porque me recordó siempre con cuidado que las raíces están en el bosque y que los árboles saben de fuerza.

Así como la presencia constante del brillante Christian Gómez, mi gran amigo, siempre allí, ayudando a iluminar el camino borrascoso. Tantas veces he sembrado semillas junto a él. Dos voces a distancia ayudaron también a desatar esta escritura: la de Guillermo García Pérez, desde su relectura de El Capital en una mirada transhistórica a la que pude asomarme con mucha suerte una tarde de jueves, y la de Andrés Ordorica, que acompañó la cotidianidad con toda entereza y empatía, telefónicamente.

Una más, en proceso, se suma a esta reflexión en hilo: la de la escritora Martha Riva Palacio, con quien tengo el placer de comenzar a escribir un texto a cuatro manos del que pronto daremos aviso. Comencemos, pues, con esta escritura-textil.

Compost I: Constelación

Notas sobre la intersección entre el internet algorítmico-capital y el internet pandémico.

De pronto se encuentra una haciendo demasiadas cosas que parecen muy distintas entre sí. Falta un punto de conexión. Un motor que las agrupe, que les dé sentido: no individualmente (ese ya lo tienen), sino en conjunto.

¿Qué tiene que ver la poesía concreta de mediados de siglo XX con la enseñanza sobre nuevos medios, relativos al tumultuoso enroque entre el fin del siglo XX y el comienzo del XXI? ¿Qué las prácticas de escucha, el radio como medio que hace puente entre voz y cuerpo, el internet como espacio de trabajo y la literatura comparada como terreno de formación académica? ¿Qué la gestión cultural con el autocuidado y cuidado colectivo? ¿Qué el lento pero firme movimiento de las plantas con el silencio como espacio de acción?

Hacer composta, poner en marcha los saberes previos para conectar con esos nuevos saberes que nos vemos enfrentados a in-corporar en un estado pandémico. Capas de saberes, corporales y conceptuales que, si sabemos atender, a dar luz y sombra cuando es requerido, no van a quedar desconectados, sino que irán formando una masa relativamente uniforme de conocimiento nutrido, y que servirán para ver crecer vida.

En mi quehacer en diversos frentes he defendido la idea de la constelación como estrategia de colectividad horizontal con capacidad de mover en conjunto a los elementos que la conforman hacia diversas direcciones. La constelación como modo de agrupamiento activa una familiaridad más o menos explícita: teje hilos aparentemente inconexos, no se rige por jerarquía de poderes particulares e individuales sino por potencia mutua (guiño a la Teoría de la guerrilla artística de los poetas concretos brasileños) y reconoce que para existir se requiere siempre entender que hay una mirada que la construye.

Esto es: en la constelación se asume desde un principio que toda narrativa, todo agrupamiento, cada categorización y cada ordenamiento de un fragmento de mundo son culturales, contextuales, históricos y que pueden replantearse una y otra vez, para plantearse (plantarse) de manera distinta dependiendo de la mirada (también cultural, contextual e histórica) que vuelva a construirlos. (Y dependiendo también de quién puede ejercer la voz para narrar esa mirada, claro está: toda narrativa depende de la capacidad de hablar, y de la exclusión de las voces silenciadas que siempre podrían contar la historia de otra manera).

La constelación, pues, ha servido para ver grupos estelares en el cielo y leerlos como formas familiares a la vista humana desde puntos muy lejanos; ha servido para leer archivos e imágenes a partir de los contrastes que presentan visual, geográfica, política y temporalmente (guiño al sistema de Aby Warbug que tantas relecturas políticas ha inspirado); o ha servido también, por ejemplo, para darle un sentido activo a la idea de red de interconexiones (network).

La constelación propone que cada elemento a conectar tiene características específicas de vida y de potencia de vida que, en contacto con otros elementos, permite generar una nueva dimensión informacional: no uno debajo del otro sino uno en relación horizontal con el otro.

La constelación es una posible estrategia para ver dimensiones de sentido que no viven en la superficie o no aparecen fácilmente en una relación de conexión entre un elemento y otro. Si esto lo multiplicamos por millones de elementos tenemos más o menos el ideal de interconexión que propuso internet en sus momentos de halos utópicos: nodos de información que potenciados entre sí producen nuevo conocimiento de mundo colectivo y democrático (todos para todos, todos entre todos).

Éste es el internet que llegó a pensarse y a producirse internacional, interdisciplinaria y colectivamente hace unos años o, al menos, esta era su utopía. Desde el comienzo de esta net entendida como una supercarretera de la información (pensamiento lineal, del que nos cuesta tanto escapar), pasando por la noción del portal (entrar a una dimensión desconocida, entrar a un nuevo mundo), llegamos velozmente al internet de la hipervinculación: surfear, navegar, descubrir los mundos a los que nos habían llevado esas autopistas y esos portales e ir cambiando, de clic en clic, de ventana en ventana, de nodo en nodo, a diversos mundos.

Por supuesto que estos halos utópicos no durarían mucho: si volvemos a la idea de que todo ordenamiento de mundo o intento de producción categórica de un fragmento del mundo es cultural, contextual e histórico, no es difícil relacionar que, a la par de la hipervinculación informacional —y corporal, desde luego— del internet y el crecimiento de la fuerza capitalista a nivel mundial, el ordenamiento del mundo fuera o más allá de la pantalla (estatal, gubernamental, legal) también se desarrollaba con sus propios ideales: lograr cada vez mayor integración entre un aparato informacional que funciona con ceros y unos (el código binario) y aquel que se mueve (todavía, confiamos) desde la voluntad y los afectos.

El mundo medible y el mundo de lo ambiguo, el mundo del código y el mundo de los cuerpos vivos (carne, cerebro y emociones) en una implicación tal que el código binario pueda mover la fuerza afectiva, ese elemento que se ha resistido, gracias a su complejidad, a entregarse de manera total al poder capitalista.

Tenemos ahí el internet algorítmico y, con él, el éxito rotundo de los emporios: que Amazon pudiera reconocer tan fácilmente la conexión entre un deseo y su materialización física (querer algo y tenerlo pronto, muy pronto, a la puerta de la casa); que YouTube nos pusiera «el mundo» enfrente y nos dijera qué otros mundos se parecen al nuestro, qué otros mundos queremos ver: reproducción aleatoria que no tiene nada de aleatoria; que Spotify supiera muy bien la canción que nos estaba faltando en nuestro imaginario sonoro… Y conocemos muchos ejemplos más, pues esto no es nada nuevo para nadie: llevamos tiempo dejándonos leer algorítmicamente.

Dos errores constantes en nuestro entendimiento de internet, que vemos replicados incluso en taquilleras conferencias de los expertos más expertos en digitalidad, colaboraron a la alza velocísima de este internet algorítmico-capital: pensar que la digitalidad se reduce a la pantalla cuadrada por la que nos conectamos (la de nuestras computadoras, teléfonos o tabletas) y que internet significa solamente conectividad, estar presentes online.

¿Por qué errores? Porque, en plena ignorancia precisamente de las corporalidades que construyen la digitalidad, olvidamos todos esos cuerpos que, fuera de la pantalla, la hacen posible. Esto es: nos olvidamos no solamente de la brecha digital cada vez más creciente (olvidando también, frecuentemente, que la digitalidad es siempre dependiente de geo-realidades, infraestructuras y accesibilidades distintas dependiendo de la «fuerza tecnológica» de los diversos territorios y sus reparticiones sociales ya más o ya menos equitativas), sino que, para que ese algoritmo funcionara tan bien para quienes contamos con net-acceso, poníamos a los cuerpos en mayor desventaja económica y social (la precariedad más cruel, hoy tan transparente al mundo en la vivencia pandémica) a trabajar fuera de la pantalla para completar el ideal código-afecto o código-deseo del internet algorítmico-capital.

No tenemos todavía robots que nos traigan nuestro objeto de deseo a casa, no: son personas, con necesidades salariales casi siempre en fuerte desventaja, quienes las traen para nosotros, quienes recorren la ciudad (material, presencial) a horas que otros usamos para dormir. Son personas también las que, en condiciones muchísimas veces extremas, conceden a partir de sus conocimientos en programación y código (conocimientos que desde siempre han quedado situados en comunidades al margen o muy pequeñas) una explotación de sus cuerpos y conocimientos al florecimiento de un Sillicon Valley, de oficinas-net, de edificios altos de ventanales lustrosos donde se mueven los números que mueven el mundo.

Siendo este panorama ya bastante peligroso en términos de lo que la brecha digital comenzaba a generar para ampliar negativamente todavía más las diferencias sociales de acceso, ya no solamente de acceso a esa net sino de modos de vivir el mundo digital, este internet algorítimico-capital se vio potenciado, desafortunadamente para las sociedades conectadas y no conectadas, por la pandemia del Covid-19.

El mundo entero (el mundo entero conectado, para ser más precisa), en medio del shock de un cambio transversal de la vida, comenzó instintivamente a intentar traducir la vida a una pantalla rectangular. Algunas acciones lo requerían, en un terreno de la urgencia de la inmediatez: programas listos de todo tipo casi echados a andar que podían llevarse a cabo en línea para no cancelarse, planeaciones urgentes en todos los niveles para salvar lo que era posible salvar ante la inminencia de las pérdidas que la pandemia anunciaba, la posibilidad de hablar «en persona», aceptando todo glitch incluido, con los seres amados.

Irónicamente, el internet algorítmico-capital sí estaba preparado para funcionar, ahora, como la única solución en esta etapa de shock; empresas digitales hasta hace pocas semanas desconocidas, especialmente las dedicadas a videollamadas y videoconferencias, de pronto se convirtieron (o, mejor, actuaron velozmente para hacer creer que en eso se convertían) en la única alternativa para el trabajo colectivo, para la conexión social a distancias lejanas y no tan lejanas, para trasladar la vida pública a una vida en pantalla plana.

Pero no solamente estas nuevas empresas encontraron, ante un mundo devastado, una gran mina de producción capital generada en medio del shock y la confusión; también aquellas otras que ya funcionaban como emporios encontraron la cumbre inmediata de sus negocios, de por sí ya en un éxito capital rotundo.

Todo lo que implicaba seguir manteniendo la cadena deseo-materialización, ahora con la consigna de que el mundo (el mundo que podía hacerlo y pagarlo, insisto) debía guardarse en casa, lo podían resolver, a costa, desde luego, de los cuerpos que, sin poder quedarse en casa, transitaban la ciudad, aumentaban sus posibilidades de riesgo de contagio, para hacer llegar los pedidos (los urgentes, los necesarios, los lujosos, los básicos) a los puntos de confinamiento.

A los repartidores a domicilio en una ciudad que debía cerrarse los llamamos héroes. A las redes sociales, a la hiperconectividad y a una falsa democracia que se mira en un ombligo diminuto y se olvida del otro mundo afuera lo llamamos bendito internet.

La demasiada confianza en la utopía de un internet democrático que por muy poco tiempo pudo mantener esa ideología y ese planteamiento, sumada al desconocimiento de todos los procesos tecnológicos, programáticos y políticos que involucra, opacos o de plano ininteligibles para la gran mayoría del mundo conectado (recordemos que el conocimiento de programación web, de lenguaje de código y de políticas digitales ha estado reservado, también por razones de georealidades, infraestructura y culturales ––incluida la hiperespecialización de conocimientos— a un grupo muy pequeño de la población tanto nacional como mundial), nos hizo creer que esa restricción rectangular, plana y fría, ¡confinamiento dentro del confinamiento!, era la primera y la única salida a tomar en el encierro.

Nos hizo descuidarnos (demasiadas cosas en qué pensar, qué resolver y qué sentir a la vez) y entregar, sin saber muy bien por qué ni cómo, lo que somos, lo que hacemos, lo que anhelamos y lo que extrañamos a un internet ahora pandémico.

VIVA VAIA, 1972, Augusto de Campos

¿Por qué hablar de un internet pandémico y qué implicaciones tiene usar este término? La analogía entre el mundo pandémico y el internet pandémico no refiere únicamente a una simetría temporal, o a una simultaneidad entre cambio de mundo y cambio de tecnologías de la hiperconectividad: propongo esta idea, en primer lugar, por la pluralidad en términos de origen, alcance y efectos de la pandemia, que es una pluralidad también en términos de origen, alcance y efectos de estas tecnologías.

Es decir, si la pandemia tuvo un origen multifactorial, un alcance global y transversal, una amplísima multiplicidad de efectos en todos los niveles de lo que implica la conectividad humana, la percepción de lo vital tanto individual como colectivamente, este internet pandémico puede leerse así, casi de manera paralela, y muestra en sí mismo ––como el mundo ha comenzado a reflejarse sobre sí–– todas las injusticias, inequidades, pérdidas que trae consigo el mundo capital, ahora luchando con las últimas pero más poderosas garras por centrarse en el ojo de la pérdida mayor: la que se produce en la invisibilidad y la ambigüedad, ese espacio de producción de mundo que también tenemos olvidado y marginado porque confiamos excesivamente en la certeza de lo que vemos y tocamos y muy poco en lo que no. Demasiada confianza en el trabajo sobre la imagen pobre, en la pixelizada, ultra-reproducida, ultra-disminuida (guiño a la obra de Hito Steyerl).

En segundo lugar, el término pandémico aplicado a internet integra precisamente las dimensiones biológicas, afectivas, políticas, tecnológicas, económicas, emocionales, psicológicas y culturales en los efectos que trae consigo. Los canales de conversación son cada vez menores y marcan reducción de pluralidad, imaginación y creatividad; promueven un pantallismo agudo (vinculado al confinamiento, desde una posición manipuladora en extremo) que va desde largas horas de tele-clases obligatorias para niños hasta largas horas y multiplicadas de trabajo para adultos, con efectos físicos directos e inmediatos: pérdida de perspectiva amplia y de visión, dolor de espalda, agotamiento mental, sin hablar del doble aumento de trabajo que recae especialmente sobre las mujeres que son madres, que llevan los cuidados y las labores del hogar y que mantienen un empleo home office.

Todo esto va más allá, todavía, y aquí uno de los giros más relevantes en este internet: un manejo descuidado de lo que significa grabar, registrar, archivar, mostrar, presentar: la aplicación de medidas de vigilancia, de rastreo de datos personales, que ya comenzaban a anunciarse y ejecutarse años atrás en el internet algorítmico-capital, se ven ahora reforzados con una medición absolutamente descarada de los gestos faciales.

En estos tiempos tan transparentemente vulnerables, medición para la que, además, pagamos: empresas de videollamadas, que se presentaron como la única manera de comunicación inter-conectada, se promueven como más seguras y encriptadas solo a quienes tienen posibilidad de pagarlas. Así, se vende una seguridad digital que debe ser un derecho digital, a cambio de dólares. Pagamos por evitar intrusiones en nuestras comunicaciones colectivas y, en esa transacción, además, dejamos abierta la puerta a la revisión total de nuestros perfiles digitales, incluidos nuestros rostros, que tenemos cerca, muy cerca y durante muchas horas al día, a disposición de una cámara cuyo manejo, fuera de cámara, desconocemos.

Cuerpos debilitados física, emocional y mentalmente, que en tiempos de crisis profunda eligen, sin quererlo o sin poder evitarlo, la vigilancia, la reducción, la simplificación de la vida a la línea, el plano simple, el rectángulo blanco. Lo que fuera de la pantalla es contraste, color, asimetría, organicidad, vida viva, se convierte ahora en repetición visual estructural (todas las reuniones lucen iguales aunque sean distintas, no importa en qué parte del mundo estés ni de qué temas estés hablando), confusión tempo-espacial, pérdida de sueño (el cuerpo se ve modificado hasta en sus círculos circadianos), pérdida de apetito… el ciclo de debilitamiento es invisible pero potente. Y pronto será visible también.

La brecha digital, la discriminación por acceso a tecnologías que se dicen comunes se hace mayor: quienes no tienen acceso a dispositivos electrónicos y digitales están leyendo su mundo pandémico de otra manera y desde otros lugares: ahí están los fantasmales, raquíticos y enfurecidos canales de TV abierta, por ejemplo, quizá menos ruidosos que las redes sociales pero con mayor tendencia a la pasividad de quien los observa por largas horas. La pluralidad, la necesaria comunicación en la diferencia, se hace cada vez menor.

Estos cuerpos excluidos de la conectividad están expuestos a otro debilitamiento, y encontrar los puntos en común para un diálogo horizontal y en colectividad se hace cada vez más difícil: el internet pandémico debilita, reduce y desinforma a quienes lo habitan, y borra de la conversación a quienes no pueden estar ahí.

Retomo la idea de la constelación con la que abro este apartado o compost, de nuevo, por su utilidad para entender tipos de conexiones entre elementos distintos. Un tipo de conexión posible es la temporal. Revisar transhistóricamente internet, conectar sus dinámicas de acuerdo a temporalidades distintas, nos ayuda a entender mejor su estado contemporáneo, sin perder de vista sus orígenes. (Algo, otra vez, nada nuevo para los lectores: internet, como muchas tecnologías informacionales y de conectividad, surge en un contexto militar de guerra y pos-guerra).

Si parte de los efectos del confinamiento, más allá de la loable búsqueda de cuidado colectivo para resguardar a nuestras sociedades de un impacto todavía mayor en términos de contagio, está siendo el control social a partir del registro total de nuestros datos, movimientos y perfiles, así como de la reducción en los canales de información que ahora se ven tan saturados y vibrando confusamente en el mundo fake y la agitación del sistema like, será importante entender qué funciones cobra ahora el internet pandémico para una menor o mayor perspectiva de mundo.

Tengo muy presente el maravilloso texto de 2006 de la investigadora Anne Friedberg, The Virtual Window: From Alberti to Microsoft (La ventana virtual: de Alberti a Microsoft), en el que la autora traza paralelismos visuales, teóricos y argumentativos para señalar cómo han cambiado nuestras nociones de perspectiva, lejanía, trazo, mapa, afuera, adentro, distancia y cercanía, por nombrar solo algunos elementos reunidos en la idea de ventana, a partir de las tecnologías y materialidades con las que conformamos esas nociones.

Para fines de lo que quiero decir, resumo uno de sus puntos muy injustamente aquí (sus conocimientos y argumentos son vastísimos y mucho más profundos de lo que apenas rescato): tenemos una noción de perspectiva a la que acuñamos sus orígenes en el trabajo de Leon Battista Alberti, que nos enseñó a producir, desde un punto fijo, la posibilidad de abrir la mirada y expandirla, potenciarla, hacia distancias que físicamente nos quedan lejanas pero que desde cierto enfoque se hacen posibles a la vista humana. Sería interesante conocer cómo Friedberg continuaría su lectura de la perspectiva hasta el día de hoy, pues por el contexto temporal de su publicación se quedó en el ideal de ventana que proponía tecnológicamente la empresa Microsoft.

Me parece que hoy, en este internet pandémico, nuestras pantallas no funcionan más como esa apertura de enfoque y perspectiva para abordar visual y nocionalmente el mundo que físicamente nos queda lejano, sino que se busca lo contrario: reducir la perspectiva acaso a 50 cm entre nuestros ojos y la pantalla, y tratar de hacer caber allí el amplio y complejo mundo que es cada una de nuestras vidas.

Por eso insisto en la palabra reducción: dejamos de pensar una ventana al mundo que nos permita conocerlo de manera ampliada y de hacer llegar nuestras voces a distancias lejanas para hacer de la ventana un apretado, incómodo y falso contenedor de todas nuestras interconexiones vitales fuera de ella. Cerramos la ventana, la carretera y el portal y dejamos el brillo a todo. Y tanta luz, en tan poco espacio, ciega.

Grilla perspectiva, Leon Battista Alberti, s/a.

Imagen de portada: Still del jam literario Textualidades en contigencia no. 1: Malén Denis (izq.) y Minipixel (Doreen Ríos, der.) en el Festival El Aleph 2020.

*Huge thanks to Fabiola Garza Talavera for the day to day translation. English version is appearing in this same link a few days after the text in Spanish.

Próximamente:

Compost II: Hibridez

Compost III: Archaea

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Gestora cultural, programadora artística, investigadora académica y docente universitaria. Especialista en interdisciplina y con interés puntual en relaciones interartísticas y experimentación en texto y sonido. Maestra en Literatura Comparada por la UNAM. Desde 2013 es miembro co-fundador de lleom. Fue miembro co-fundador del Programa Arte, Ciencia y Tecnologías (ACT), para el que colaboró como Responsable de planeación y contenidos entre 2016 y 2019. Fue co-coordinadora y programadora de Poética Sonora MX durante 2016 y 2017, para el que colabora actualmente como investigadora asociada. Durante 2019 fue coordinadora general de la Cátedra Max Aub en arte y tecnología de la UNAM. Desde 2018 imparte clases de Políticas de lo Digital para la carrera de Medios Digitales en Centro y conduce la serie radiofónica Islas Resonantes para Radio UNAM, y desde 2020 es directora de Casa del Lago UNAM.