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Apuntes sobre el ejercicio editorial, por Yeni Rueda


Agosto, 2020

En diversos espacios, y con distintos propósitos, hemos hablado de la importancia de reformular los mecanismos que atraviesan a los libros, siendo el proceso editorial uno de los más dispuestos a la transformación constante. No es nada nuevo, después de todo como lo señala Richard Nash, en Cuál es el negocio de la literatura, el libro es la más clara representación de la tecnología, así como sus transformaciones a través del descubrimiento de nuevas herramientas y materiales.

Hablar de libro como objeto tecnológico es aludir a su naturaleza intrínseca, pero quizás no estamos tan acostumbradas a verlo así por su supuesta1 inmaterialidad o incapacidad de valuar lo que contiene: es decir, el pensamiento que deviene en texto impreso y tangible. Quizás, por eso cuando algún elemento disruptivo quiere aparecer, se le ve mal. Sobre todo, si se trata de arrancar las dinámicas y lenguaje masculino de la ecuación. Es otro espacio en el que el patriarcado se resiste a ver que sus prácticas ya son obsoletas y que lo único que lograron fue crear un sistema nocivo y rapaz.

Palabras como desjerarquización y horizontalidad se han vuelto más recurrentes en las reflexiones alrededor del proceso editorial, particularmente desde las voces de las mujeres, pues debido a la falta de equidad es a nosotras a quienes nos ha tocado pensar en nuevas estrategias y formas de entender la vida literaria.2 Y aunque se han realizado aportaciones muy valiosas, de pronto pareciera que estos dos términos se vuelven una abstracción, incluso, llegando a perder sentido.

Entonces no solo debe bastar con introducir nuevas formas de nombrar los procesos, estos deben tener una metodología clara y una aplicación factible en la realidad. Ahora, claramente no se pueden transformar años de práctica patriarcal en una sola semana, sin duda habrá tropiezos y necesitamos tiempo para construir cimientos fuertes, pero serán lo suficientemente resistentes si también consideramos vital mantenernos muy al tanto de no repetir aquello que juramos reinventar.

Pensemos en un término/acción muy común en nuestro ámbito de trabajo: la corrección de estilo, en donde, sin siquiera conocer a la persona, la escritura que nos pone sobre la mesa o su voz literaria, partimos de la idea de corregir una serie de «errores»; sin decir buenos días ya nos estamos erigiendo con ese ojo censor que detecta lo que está mal y que debe desterrarlo para hacerlo entrar en una escritura «válida» y «pura». Pero, ¿quiénes somos para decir que lo escrito no es válido? ¿Qué parámetros usamos? ¿La ortografía, algo que más o menos una inteligencia artificial puede aprender? ¿La sintaxis? ¿Qué pasa cuando nos topamos con una novela o un poema escrito sin ningún error gramatical, pero vacío de esencia? ¿Cómo se corrige lo escrito? ¿Se corrige? O más bien estamos hablando de acompañar las escrituras a partir de sus particularidades y relacionándolas con estructuras claras, pero moldeables, para que llegue un texto legible y vivo al lector.

Es decir, ¿cuál es la necesidad de erigirnos como opuestas (la que sabe cómo se escribe y la que no y se debe corregir) si podemos trabajar como compañeras? ¿Por qué debemos tener cierto renombre o prestigio para acceder a proceso editoriales horizontales?3 ¿Por qué no en lugar de corrección de estilo hablamos en términos de cuidado de textos?

Otro eufemismo que suele utilizarse es «mejorar», volviendo a la idea de que se nos está presentando algo errado que hay que ajustar a los mecanismos del canon. Corregir, mejorar, son términos que se pueden unir a la lista de palabras que enlista Cristina Rivera Garza en Repensar los talleres literarios. Rivera Garza hace un acercamiento crítico a estos espacios formativos que se puede extender a los procesos editoriales:

«Refinar, perfeccionar, depurar. ¿Pero no tienen estos verbos, que se usan con tanta frecuencia para describir lo que se hace en un taller de creación literaria, ese tufillo más bien amedrentador, cuando no sadomasoquista, de las más diversas purgas autoritarias?».

Y es que la norma es entender el proceso de editar (o tallerear) un texto en términos de destrucción. Es curioso como los escritores se erigen como estas figuras respetables ajenas a sentimientos viles e incluso algunos rechazando conflictos bélicos o violentos, pero se regodean y parecen gozar de esta violencia «a pequeña escala» dentro de las letras, como si no fuera importante, como si los textos que generamos fueran algo separado de nosotros. Como si no atravesaran nuestro cuerpo.

No me sorprende que todavía exista una idea de que la relación entre escritor y autor se debe erigir a partir de una tensión combativa en el que cada uno va lanzando pequeñas «bombas» para eliminar los planteamientos del otro. No es otra cosa más que comportamiento machista. Lo que sí me sorprende es que los libros hayan encontrado camino hacia los lectores a través de estrategias que no están prestas a la escucha. El ejercicio primordial del trabajo editorial y de la escritura es el diálogo. Un autor que conversa, a destiempo, con un lector a través de un objeto llamado libro.

¿Cómo es posible, entonces, facilitar un ejercicio de comunicación sin poner el diálogo como centro desde su concepción? El mecanismo funciona porque esta relación patriarcal, paternalista y jerárquica también está contenido en otras partes de la interacción con el libro. La relación convencional está sostenida por la siguiente estructura:

El editor, que todo lo sabe respecto al lenguaje y al objeto libro. El escritor, que todo lo sabe respecto a la literatura y los temas contenidos. El lector, que solo es el receptor de los mensajes configurados por los agentes anteriores.

El editor que se erige como figura de autoridad, designando qué está bien o mal escrito, no solo muestra rigidez en una actividad que es ante todo lúdica sino también una clara desconexión con su contexto. En un país como México, en el que los derechos no son accesibles a la mayoría de la población a tal punto que se vuelven privilegios, posicionarse como editor sin comprender que tenemos medios de producción a los cuales debemos responder con mucha responsabilidad y empatía (o que deberíamos poner al alcance de los demás), porque no todos los tienen, me parece irresponsable y tramposo.

Pensar en términos de cuidar los textos y no corregirlos, cambiaría por completo las formas de interacción entre quienes hacen posible el ciclo de vida del libro, aumentando incluso el número de personas interesadas en la lectura y potencialmente evitar la proliferación de actividades discriminatorias o de excluir voces que son vitales para la reconfiguración de nuestra sociedad. Algo que nos ha hecho mucho mal en todos los aspectos que comprenden la experiencia humana es creer que hay una forma de hacer las cosas, borrando la diversidad orgánica de nuestra experiencia vivencial.

Ahora, no se trata de eliminar el factor crítico, el asunto es que la crítica no es igual a violencia, criticar es una forma de preguntar para construir respuestas o planteamientos colectivos, no para destruir. ¿Qué hay de formidable en buscar nuevas formas para aniquilarnos o borrarnos?

Entonces, el cuidado de textos se entiende como una plataforma del acompañamiento, en el que podemos sugerir a quienes escriben elementos para alimentar su escritura, ahora desde el ejercicio colectivo del acto literario. Apostar por cuidar/acompañar en lugar de corregir/mejorar es una forma de crear comunidad y sostener los encuentros que hacen posibles los libros desde las raíces de su concepción.

Foto: Cortesía de la autora.

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1 Digo supuestas porque también se ha demostrado desde las reflexiones de las mujeres sobre el trabajo de cuidados, que todo trabajo puede ser medible, protocolizado y tabulado. Sí hay formas de valuar lo aparentemente inasible, sobre todo cuando ese dinero te permite sobrevivir.

2 Como mencionó Alejandra Eme Vázquez en un círculo de lectura de Su cuerpo dejarán: «Si las mujeres que cuidan sostienen la vida, las lectoras sostienen la vida literaria». Y ahí están los hechos y las estadísticas para comprobarlo. No solo somos las que leemos más, también las que editamos y acompañamos cada una de las etapas de los procesos editoriales y lectores.

3 Todavía se cree que las escritoras y escritores que apenas empiezan a publicar (en cualquier medio) deben tolerar que sus escrituras sean tratadas con violencia para aprender y que no deben tener retribución, pues para acceder al «privilegio» de un proceso editorial equitativo hay que hacer «callo» y «carrera».

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Yeni Rueda López (Morelos, 1990) es narradora y editora. Textos suyos han aparecido en CuadrivioTierra AdentroVoz de la tribu y en la plaquette Tres gotas de agua (Simiente, 2014). Actualmente coordina Tequio Editorial y el círculo de lectura Una habitación para nosotras. Este año formó parte del programa de escritura Under the Volcano