Arte

300: El origen de un imperio


Por Alejandro Vazquez / @aerodiolesi

 

 

El cine bélico es ideológico y por eso requiere de una lectura política. En esta adaptación de la novela gráfica inédita Xerxes de Frank Miller, se deja ver cierta decadencia del imperialismo estadounidense. Como en la película anterior, la trama se centra en la polaridad entre democracia y dictadura, aderezada con un recalcitrante fervor patriótico pepenado de las catacumbas del nazismo. Y ésta es sólo una de las paradojas que están en el imaginario del totalitarismo y que componen a ambas películas.

Lo que sucede con 300: El origen de un imperio es que la agenda pública estadounidense se recetó a sí misma el consuelo de la ficción por el hecho de que la campaña en Iraq fue catastrófica, y eso, se puede ver en ambas películas. Pese a que la saga termina con el triunfo de los griegos —además de los nombres de los gobernantes, es la única precisión histórica de la saga— aquí se trata de un triunfo sórdido e irracional de un hombre que literalmente va a caballo de un barco a otro para dar muerte al antagonista.

La estética oscura de esta saga y la ilación narrativa —casi azarosa— que retoma la Segunda Guerra Médica, tiene el acierto de presentar personajes persuadidos unos a otros para obedecer la pulsión suicida de la gloria. Además de dar cuenta de la pobreza retórica del discurso del soldado en la cultura militar, da cuenta de la espeluznante capacidad de la industria hollywoodense de convertir a Temístocles en Rambo.

Esta saga carece de la estructura de tragedia épica que ayudaría a identificarla como un reconocimiento fabulado de la derrota militar en Iraq, pero los entornos precarios y atmósferas obscuras, y el carácter axiomático del bien con que se presenta la victoria griega, se pueden vincular con la farsa mediática que el pentágono utilizó para inaugurar el siglo XXI. La película sobre la guerra de Iraq sigue pendiente pero creo que 300 y 300: El origen de un imperio comienzan a esbozarla.