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2068, por Abraham Cruzvillegas


Octubre, 2018

“¡¡¡Teología y geometría!!!”… Es el grito de guerra de Ignatius J Reilly, personaje principal de La conjura de los necios, de John Kennedy Toole, emblema de la literatura en inglés del siglo pasado, al que pertenezco por default al haber nacido en el año 1968.

Una simetría chocarrera permite espejear e identificar diferencias y similitudes, por ejemplo, en nuestros cuerpos, en el rostro, en los ojos, en desiguales rasgos que conforman la identidad. Esos desdoblamientos incluyen a la mente, la memoria, las emociones y los sentimientos, las percepciones y lo que conocemos como realidad, para no apelar a la verdad, mucho menos a las llamadas verdades históricas y por eso, a veces, la simetría se vuelve una herramienta perfectamente subjetiva, cálida, arbitraria: hablaríamos entonces de una geometría imposible, como esa de la que se habla en la 6a Declaración de la Selva, refiriendo a la política en México, a su izquierda, a su centro, a su derecha.

Nací pues, hace cincuenta años, algunos meses antes de la masacre de Tlatelolco, un año y diez días antes de la prematura muerte voluntaria de Kennedy Toole en Nueva Orleans, y sin creer en los presagios ni en los karmas, las considero señales que preceden —si no el fin del mundo, abduciendo las palabras de Yuri Herrera, un hidalguense intergaláctico también académico en Tulane, como el autor de La conjura— algo. Hace no mucho, un año casi exactamente, retumbó la tierra, como treinta y dos años antes, el mismo día del mismo mes, otra vez derrumbando edificios y vidas, rasgando fibras demasiado sensibles para quienes vivimos ambos momentos; yo tenía diecisiete años el 19 de septiembre de 1985 y recordé en esa misma fecha de 2017 sonidos, imágenes e incluso olores que siguen indelebles en el desdoblamiento de mi experiencia, de muchas maneras superficial, pero igualmente dolorosa.

¿Qué es diferente en esa simetría al tiempo espeluznante y seductora? Lo que sea, pudiera llamarse sublime en su simultaneidad híbrida, tal vez sea la velocidad tenaz del flujo de la información en los bolsillos de casi todo mundo, la pérdida de validez o de confianza en los medios, la emergencia y normalización de las redes sociales como puente entre individuos y comunidades distantes y diversas, ejes de construcción discursiva de verdades también danzantes en el filo de la navaja, el imperio del meme y de la descalificación o del linchamiento moral como formas literarias novedosas que no tuvimos en el año previo al mundial de la Chiquitibúm.

Como su personaje, Quijote trasnochado del Golfo, valga la expresión, Kennedy Toole vendió tamales en las calles de Nueva Orleans, devoró hotdogs y se masturbó maniáticamente al sentirse viviendo en un siglo que no le correspondía. Los tamaleros brigadistas del año espejo del terremoto pudieran ser agoreros de siglos venideros, al estilo del personaje que sea de Blade Runner —que bien podría suceder en los alrededores y entresijos de la estación del metro Tacubaya de la Ciudad de México—, pero de menos, dentro de cincuenta años, ¿porqué no?, en el año 2068, en el que muy probablemente algunas personas podrán sobrevivir en una economía desigual, informal a los ojos del escrutador, del oficial mayor de la tesorería y de los encargados de los despachos fiscales, pero muy formalmente inscritos en la monumental cadena de corrupción de la que somos parte.

En un ejercicio educativo que posibilitaría la imaginación para una ciudad del futuro, se preguntaba a niños de barrios de la periferia de la Ciudad de México qué es lo que más les molestaba y qué es lo que más les gustaba de su ciudad; una pequeña participante de una colonia de Ecatepunk dijo que lo que más odiaba era tener que bajar de la banqueta y caminar en un charco, pues un puesto de tamales impedía el tránsito, mientras lo que más le gustaba era el tamal de dulce. Y no dijo nada del tamalero, que seguramente portaba una gorra del Chavo del Ocho, como Ignatius, en La conjura de los necios.

Hace poco volvimos a vernos en el espejo, sin lograr reconocernos del todo, un poco más arrugados, con pelos donde probablemente no nos gusta verlos, con huecos de cabello donde quisiéramos que no escaseara, con manchas y verrugas, entendiendo que seguimos siendo ese mismo monstruo del que siempre hemos querido deshacernos, y que al parecer, también se volvió algo normal en nosotros, el defecto que nos define.

Un grupo de estudiantes del Colegio de Ciencias y Humanidades unidad Azcapotzalco, UNAM se manifestó en la explanada de rectoría, en Ciudad Universitaria, exigiendo atención, si no es que solución, a algunos problemas recurrentes, perniciosos, al interior de la institución. Aderezados por el aparato burocrático y administrativo que —al menos hipotéticamente— en colusión con individuos ajenos a la universidad, pero normalizados a su interior como grupos de choque, han generado un clima de terror e inseguridad, aledaño y ni tan tangencial a la estructura y vida académica que representaría la posibilidad de acceder a una vida digna, a través del acceso a la educación, en un país en el que eso mismo representa un lujo.

En auténtica cacería desde los satélites escolares de donde los manifestantes llegaron a CU, sujetos cuasi-uniformados los siguieron para atacarlos con cínico lujo de violencia, al parecer no solamente solapados, sino muy probablemente organizados por algunas personas identificadas como adscritas a las oficinas de seguridad de la venerable institución. Algunos manifestantes resultaron heridos, varios de gravedad, ante una reacción lenta, usando un eufemismo rayando en lo abstracto de los cuerpos de vigilancia de la UNAM, poniendo en evidencia la grave distancia entre los estudiantes y el alma mater. Eso sin contar hechos, también recientes, pero con antecedentes innegables en el largo plazo, de violencia de género, de guerras intestinas vinculadas al narcotráfico y al control —mafioso— de la seguridad en el territorio universitario, de la mano del derecho de piso en el país entero en su florecimiento extremo y monstruoso en los últimos sexenios. Y con esto quise aludir simétricamente al año del aniversario de la Revolución. La rusa.

El espejo cruel de estos eventos recientes en el campus central hace imposible omitir los del año de mi nacimiento, los de 1971 en el Casco de Santo Tomás, con los bastones de kendo, los guantes blancos, las bengalas en la Plaza de las Tres Culturas, el bazookazo en San Ildefonso, pero también para atrás las marchas, la represión sistemática y la infiltración de los médicos, profesores y estudiantes emancipados desde al menos una década antes del 68.

Y en ese mismo espejo —humeante, abrazando el lugar común— que retrata en vivo la sistematización del terror de estado, además de los de los integrantes del Consejo Nacional de Huelga de hace cincuenta años (a saber: Luis Tomás Cervantes Cabeza de Vaca, Marcelino Perelló, Eduardo Valle, Gilberto Guevara Niebla, Roberto Escudero, Félix Hernández Gamundi, Raúl Álvarez Garín), también hay que recordar los nombres de Demetrio Vallejo, Gerardo Unzueta, Valentín Campa, Rubén Jaramillo, y luego los de los estudiantes y profesores de las escuelas normales de profesores, sin descontar a Lucio Cabañas, a Genaro Vázquez y a sus jóvenes pares secuestrados, torturados y desaparecidos y/o asesinados en el espejo de este 26 de septiembre, hace cuatro años (Abel García Hernández, Abelardo Vázquez Peniten, Adán Abrajan de la Cruz, Alexander Mora Venancio, Antonio Santana Maestro, Benjamín Ascencio Bautista, Bernardo Flores Alcaraz, Carlos Iván Ramírez Villarreal, Carlos Lorenzo Hernández Muñoz, César Manuel González Hernández, Christian Alfonso Rodríguez Telumbre, Christian Tomas Colón Garnica, Cutberto Ortiz Ramos, Dorian González Parral, Emiliano Alen Gaspar de la Cruz, Everardo Rodríguez Bello, Felipe Arnulfo Rosas, Giovanni Galindes Guerrero, Israel Caballero Sánchez, Israel Jacinto Lugardo, Jesús Jovany Rodríguez Tlatempa, Jonas Trujillo González, Jorge Álvarez Nava, Jorge Aníbal Cruz Mendoza, Jorge Antonio Tizapa Legideño, Jorge Luis González Parral, José Ángel Campos Cantor, José Ángel Navarrete González, José Eduardo Bartolo Tlatempa, José Luis Luna Torres, Jhosivani Guerrero de la Cruz, Julio César López Patolzin, Leonel Castro Abarca, Luis Ángel Abarca Carrillo, Luis Ángel Francisco Arzola, Magdaleno Rubén Lauro Villegas, Marcial Pablo Baranda, Marco Antonio Gómez Molina, Martín Getsemany Sánchez García, Mauricio Ortega Valerio, Miguel Ángel Hernández Martínez, Miguel Ángel Mendoza Zacarías, Saúl Bruno García), y sin contar los miles de desaparecidos y presos políticos que se siguen buscando infructuosamente, con todo y el heróico comité ¡Eureka! y sus similares cada vez más frecuentes.

En 1986 participé en la huelga universitaria que peleó por la gratuidad educativa ante la propuesta del rector Jorge Carpizo, queridos amigos y familiares participaron en la de 1999, y hoy día, casi veinte años después, parece que se gesta de nuevo una nueva defensa de nuestra máxima casa de estudios, ante la flagrante amnesia histórica de una sociedad arrinconada y estéril, para la cual, al parecer, la educación ya no significa mucho.

¿Cómo abordar este espejo roto? ¿Cómo no incurrir en arbitrariedades interpretativas que lleven a perspectivas mecanicistas, para un lado o para el otro en cuanto al registro de la vida universitaria, de la juventud, de la vocación de la institución sobre la educación, la investigación y la difusión de la cultura como ejes primordiales? Siempre que no se vincule a un entorno estrictamente geométrico, cristalino, abstracto, sin emociones, podemos pensar que la voz de los estudiantes, de chile, de sal, de dulce y de manteca sigue viva y hay que escucharla, en este año simétrico.

Foto: Monumento a la ausencia. Huellas de sobrevivientes del 68 en Centro Cultural Universitario (CCU) Tlatelolco | unamglobal.unam.mx

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Abraham Cruzvillegas (México, 1968) vive y trabaja en la Ciudad de México, a través de su obra —que incluye escultura, pintura, dibujo, instalación y video— revela un compromiso constante y cercano con el mundo material y con la construcción y transformación continua de identidades personales y colectivas. En paralelo a su producción artística, Cruzvillegas toma la escritura como herramienta de investigación y reflexión personal que fusiona historia, crítica y ficción.