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2018: Nahui Olin. La mirada infinita


Por Andrea Villa Rosas | Diciembre, 2018

Al escribir en la barra de búsqueda de Google “artistas mexicanos” el algoritmo sugiere completar con de arte, actuales y pintores. Cuando la búsqueda se convierte en “artistas mexicanas” algunas de las opciones son operadas, con microblading y en traje de baño. Más allá de lo tautológico de la primera búsqueda, llama mi atención el desmedido énfasis en el físico femenino que se refleja a través de la función de autocompletar.

Tomemos este imperceptible experimento como un termómetro de la situación actual: dado el clima, el tener una exposición retrospectiva de una mujer artista en el Museo Nacional de Arte fue, por sí mismo, un acierto reconocido. Sin embargo, Nahui Olin. La mirada infinita no se desprendió de la tradicional y objetivante representación. 

Comencemos por preguntarnos desde dónde miramos. Lo primero que me recibió al entrar a la muestra fue un retrato de Nahui Olin por el Dr. Atl. La pintura era bellísima, pero al mismo tiempo transmitía una energía desoladora con esas cejas bajas y pupilas casi inexistentes. A continuación, una sala que integraba caricaturas y fotografías pequeñas, memorias de las primeras incursiones de Carmen Mondragón en las artes.

En la siguiente habitación se reveló la aparición de Dr. Atl en la vida de Nahui Olin, que de pronto parece florecer. Ahí, se montaron un par de libros y un poema en la pared, disposición que parece ser una constante en las exposiciones de mujeres artistas en las que se imprimen sobre las paredes pasajes de su correspondencia personal, cartas de amor y desamor. Como en Leonora Carrington. Cuentos mágicos en el Museo de Arte Moderno (MAM), por ejemplo.

A esto le siguió un cuarto saturado de mamparas con fotografías que mostraban a Nahui Olin a través de los ojos de distintos fotógrafos, junto con testimonios de su atribución como musa. No fue sino hasta la última sala, casi ya en la tienda de souvenirs, que vi a Nahui Olin a todo color, narrándose a sí misma con ojos como platos.

No me parece coincidencia que la mirada francamente melancólica que Gerardo Murillo plasmó en ella en esa primera pieza de la exposición fuera la introducción de la misma. Quizá accidentalmente este gesto sentó el tono para el contraste con los ojos enormes y penetrates que Nahui concede a sus autorretratos.

Parece que las mujeres artistas fueran tan “raras” que cada vez que se trae alguna de ellas a la luz se le tienen que asignar facultades sobrehumanas y méritos triviales: que si Nahui fue la primera en usar minifalda o que si fue la primera en entender el cuerpo como espacio de creación, siempre la única, la primera, la mujer entre un ejército de hombres. Y claro, es cierto que se opuso a los roles de su tiempo, que se rebeló ante la tradición y que, en efecto, fue la primera mujer en usar una minifalda en México, pero nadie surge de la nada.

Qué interesante sería entender de dónde vienen estas mujeres, a quiénes vieron, a quiénes escucharon o leyeron, y no sólo suponer que cada cierto tiempo emerge una figura innovadora e irreverente que trastoca a la acartonada sociedad hasta sus cimientos. Todos somos sujetos de nuestro tiempo y estamos sujetos a él. Nahui Olin no es la excepción.

Consideremos su producción como un peldaño más (si bien único, uno de tantos) en la construcción de una historia del arte más democrática. Hagamos un espacio para la Nahui que se enuncia a sí misma desde el movimiento, intentemos verla a través de su propia mirada.

Foto: La mirada infinita de Nahui Olin, por Belen Esther López Segundo

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Andrea Villa es estudiante de Historia del Arte en la Universidad Iberoamericana. Ha colaborado en el Departamento de Arte como asistente de investigación en la misma institución. Le interesan los estudios de género, la literatura latinoamericana y la crítica de arte.