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2018: Desmemoria, por Brenda J. Caro Cocotle


Diciembre, 2018

He empezado y borrado las palabras una y otra vez, deshecho las frases y compuesto los párrafos en combinaciones engañosas. He buscado huir de los lugares cómodos y de esa voz que irrumpe soberbia entre línea y línea. He intentado encontrar la manera de hacer un ejercicio de recuento que sea algo más que una parada obligada y una manera de creer que podemos dar vuelta a la página. He intentado escribir un texto que fuera un desplegado serio, riguroso, de contenido teórico, agudo, panorámico e ingenioso; una recopilación anotada y lúcida de lo acontecido en la escena cultural y artística en este 2018.  Me confieso derrotada.

Muy bien, el año se acabó y también el sexenio. Muchas gracias, y ahora, dígame, ¿qué lo hizo memorable? ¿Qué es lo que debiéramos recordar que nos permitiera dar justa cuenta del estado de las cosas, al menos en lo que al arte se refiere? Tal vez la cuestión no es tanto lo que se recupera y resalta, sino por qué nos empeñamos en ello. ¿Cómo hacer que estas recopilaciones, memorias anuales para nuestra desmemoria a corto plazo, tengan algún sentido? Estoy convencida de que los balances no sirven de nada si no sabemos qué hacer con los mismos.

Así que quisiera, mejor, encontrar los olvidos, esos que no se colarán en las páginas de los medios especializados o periódicos culturales, ni se asomarán en los comunicados oficiales, los informes, las columnas de opinión, los algoritmos y los indicadores de tendencias en redes sociales.

No, no sé cuál haya sido la exposición del año. Es más, no sé si me interesa dilucidarlo. Tampoco sé quién puede ser considerado como el artista más influyente del 2018 ni cuál fue la pieza más contundente dentro de la escena artística nacional o internacional. Lo que sí sé es que una vez más se hizo evidente la crisis estructural y laboral presente en nuestras instituciones culturales.

Quiero recordar el olvido de los muchos colegas, contratados bajo Capítulo 3000 y, sobre todo, el hecho de que esta vez hubo una exigencia un tanto más organizada, abierta y arriesgada. Quiero hacerlo porque esa toma de postura puede perderse con la misma fuerza con la que se originó. Quiero hacerlo porque el asunto entra ahora en las manos de una administración nueva que no debiera ser omisa de la situación ni de las causas estructurales que le han dado origen, las cuales se cruzan con un modelo laboral cuestionable que se ha normalizado desde el propio andamiaje legal.

Y no, tampoco puedo decir cuál fue el evento im-per-di-ble, aquél que permitió medir el pulso de la producción local o que definió el rumbo de la investigación en arte y cultura o difundir las propuestas innovadoras o el trabajo de los artistas “a los que hay que seguirles la pista”. Sé que los hubo: bienales que se reinventaron (FEMSA), simposios que no sucedieron (SITAC), ferias y proyectos de reactivación del mercado del arte que se repitieron a sí mismas (Zona Maco, Material, Salón Acme, Gallery Weekend).

Lo que sí puedo decir es que no supe qué hacer con mi desconcierto ante los programas presentados, en su momento, por los posibles responsables de la política cultural durante las campañas presidenciales y, sobre todo, por la ausencia, al menos a nivel personal, de inteligencia crítica, herramientas de análisis, conocimientos e incluso interés para comprenderlas y tomar decisiones informadas con cara a las elecciones.

De igual manera, quisiera saber de qué manera entender la escasa participación a los foros instrumentados durante el periodo de transición sexenal. Quisiera rescatar el olvido en el que nos hemos sumido nosotros mismos en tanto profesionales —gestores, artistas, críticos, opinólogos, avecinados—, en tanto ciudadanos que juzgamos que no debemos participar o no sabemos cómo hacerlo porque estamos muy apurados en la sobrevivencia cotidiana para detenernos a pensar con más calma.

Menos puedo afirmar si este fue el año de los proyectos de archivo (como Mexicana, auspiciado por la Secretaría de Cultura, la mediateca del Instituto Nacional de Antropología e Historia o M68, iniciativa del Centro Cultural Universitario Tlatelolco). Lo que sí puedo aseverar es que me quedan montones de preguntas sobre las implicaciones que tendrán aquellos en el corto y mediano plazo, si responden a una nueva forma de consumir información o si la digitalización es suficiente en tanto estrategia de preservación. Es más, me cuestiono sobre el sentido mismo de la idea de preservar. Quisiera tener presente el olvido de que toda memoria institucional es una colección de olvidos y que los archivos importan en tanto se pueda interrogarlos de manera abierta. 

Ignoro también cuáles fueron los libros sobre arte más relevantes publicados este 2018 y cuál fue el artículo que se discutió por lo alto y bajo en los corrillos académicos. Pero quisiera poder tener presentes cuántos proyectos editoriales nuevos hubo, cuántos se mantuvieron y cuántos desaparecieron. Quisiera sacar del olvido a nuestra falta de lectura, a nuestra curiosidad agazapada.

Acepto que soy incapaz de señalar cuál fue la institución —ya sea museo, centro cultural, espacio independiente— que se reveló como la más propositiva o influyente. Más quisiera que alguien me dijera cómo asumir lo que revela el cierre de ciertos proyectos (Casa Vecina, Alumnos47) sobre las relaciones entre la sociedad civil y las políticas culturales públicas y lo que pudiera apuntalar con respecto a lo que sería necesario, deseable y exigible. Deseo saber comprender esas historias sujetas a un olvido forzado o voluntario.

Se que se me escapa, de manera consciente, lo que entra en esa caprichosa etiqueta que identifica a las cosas como escándalo, entre museos tomados y pasteles en la cara. Esas son cosas que necesito olvidar para poder escuchar aquello que nos grita de manera escandalosa y urgente dentro del campo del arte: prácticas sexistas —vengan del género que vengan—, nepotismo, subejercicio de recursos, conflictos de interés, clasismo.

Desconozco si este año hubo una palabra que lo definiera; quizá valdría más juntar a todas aquellas que lo vistieron y lo desnudaron: precariedad, crisis, clausura, incertidumbre, organización, resistencia, #capítulo3000, digital, sesentayocho, expectativa, cambiodefichas, Secretaría, ley, foros… Palabras que quizá también vistieron y desnudaron el año pasado, pero lo olvidamos, o que están vistiéndolo en este último mes que es fin y es principio.

Y no sé de qué manera conseguir que este puñado de recuerdos inconexos no sea simplemente una lectura desde el centro y para el centro. No se trata de un problema de estar en la periferia, sino de reconocer que la periferia y el centro son categorías que carga uno independientemente de que se encuentre en Ciudad de México, Veracruz, Mérida o Baja California.

O quizá, lo que quisiera, es que los olvidos nos encuentren.

O quizá, lo que necesito es que los olvidos me encuentren a mí…

…. me encuentren, nos encuentren, no para recordar lo acontecido sino para hallar una manera de acontecer, de participar, de hacer, de observar, de hablar, de pensar en un momento político, social y cultural que nos susurra en el oído: “ojalá”.

Foto: Fundación Centro Histórico.

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#Capítulo3000: reclamo que no se mide en sueldos, por Brenda J. Caro Cocotle

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Brenda J. Caro Cocotle es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas y Maestra en Museos. Es Doctora en Estudios en Museos por la University of Leicester, Leicester, Inglaterra.