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2016: un recuento imposible, por Fabiola Iza


Por Fabiola Iza | Diciembre, 2016

La incertidumbre prevaleció en 2016. A nivel global, la creciente alza de la derecha, la imprecisión de las encuestas y la sorpresa ante decisiones tomadas por la ciudadanía en distintos contextos contribuyó a la formación de un clima de extrañeza que permeó la esfera política pero cuyas repercusiones tendrán impacto en muchos más ámbitos, el cultural entre ellos. Que se avecinan cambios es claro, hacia dónde encaminan éstos no es tan evidente.

En México, la transformación del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes en la Secretaría de Cultura representó el interés de “apertura” del actual gobierno, a la vez que presagió una política de privatización, emprendedurismo y el desmantelamiento gradual de un Estado hasta hace poco benefactor, cuyos subsidios han contribuido en gran medida al robustecimiento de la escena artística actual. Como bien relata Brenda Caro, la ya mencionada Secretaría tardó casi un año en presentar el primer reglamento sobre el trabajo y las políticas que implementará. La ley, paso siguiente, aún no queda lista, lo cual innegablemente provoca un clima de inestabilidad, frenando el desarrollo de programas ya existentes y poniendo en pausa el camino que cada institución (ya sea un instituto o museo) seguirá. Definir qué ha sido lo peor y lo mejor del año en dicho contexto sería entonces, en mi opinión, injusto, ya que las condiciones de trabajo y desarrollo han sido particularmente complejas y desiguales. ¿Cómo puede operar una institución cultural pública frente a la transformación inminente de la función misma del arte?

Nuevamente, como narra Brenda Caro, los planes de la Secretaría de Cultura apuntan a que, bajo este nuevo paradigma, “la creatividad y las ‘ideas’ adquieren un valor económico, comercial y financiero en tanto se “transforman” en bienes y servicios” (1). Dicho escenario pareciera creado a imagen y semejanza de las “ciudades creativas” que describe Claire Bishop en el primer capítulo de Infiernos Artificiales: los gobiernos atribuyen al arte la capacidad de reparar el tejido social y se apoya entonces a proyectos que, además, afirmen el estatus de una ciudad creativa donde el arte va generando un capital no sólo simbólico sino económico. En el caso de la capital del país, la insistencia visual en el re-bautizo de la Ciudad de México (cuya forma abreviada, CDMX, aparece prominentemente en vagones del metro, unidades de metrobús, semáforos, en taxis, etcétera) me parece un síntoma del branding de la ciudad así como de sus múltiples dinámicas. Pareciera que esta lógica dicta por igual la conceptualización actual, por parte del Estado, de la cultura y el arte.

Dicho esto, a pesar de la incertidumbre, la producción y difusión de obra continuó. Al margen de lo que sucediera –o no– en los museos operados bajo la normatividad y lineamientos de la Secretaría de Cultura, la actividad de los espacios independientes del antiguo DF continuó a un ritmo vertiginoso. En un Miércoles de SOMA a principios de año, Anuar Maauad, director de Casa Maauad, afirmaba que el destino de estas iniciativas, de infraestructura incipiente en la mayoría de los casos, era claro: sólo sobrevivirían las que se configurasen bajo un modelo comercial. Realizando el corte de caja del año, su aseveración fue y no cierta. Por un lado, espacios como Nixon, Cráter Invertido y Biquini Wax continúan a flote, el primero gracias a la aportación económica y laboral de sus fundadores, el segundo gracias al modelo de imprenta abierta que ayuda a cubrir buena parte de sus gastos de operación y el tercero de manera milagrosa tras finalizar el año de actividades apoyadas económicamente por la Beca de Coinversiones del FONCA.

No pretendo realizar aquí un diagnóstico de las iniciativas independientes de la ciudad sino que mi interés radica en señalar un cambio que este año se marcó de manera más clara en la infraestructura artística. Por ejemplo, si en estos doce meses surgieron algunas otras iniciativas de escala mucho menor y sin fines comerciales (Ladrón Galería, Squash), también nacieron otras cuya existencia pareciera que será menos fugaz: Casa Wabi, Pantalla Blanca y El Cuarto de Máquinas son financiados por fortunas personales o de los ingresos generados en empresas hermanas. Éste es el caso del último ejemplo, el cual se derivó de la necesidad de la Galería Hilario Galguera por iniciar un diálogo con creadores más jóvenes y con proyectos que lean el pulso de los intereses de una generación. A excepción de Casa Wabi, Pantalla Blanca y El Cuarto de Máquinas se construyen bajo un modelo comercial pero, según describen sus directores, la prioridad radica en servir como una plataforma para dar a conocer el trabajo de practicantes nacionales jóvenes, tanto artistas como curadores. Modelos similares ya han sido explorados por espacios como Lulu, que además de solventarse de los ingresos económicos fluctuantes de sus fundadores, participa en ferias y vende obra de la mayoría de sus exposiciones.

Frente a la negligencia estatal, creo que estructuras similares se convertirán poco a poco en el modelo imperante de una escena “alternativa” del arte en la ciudad (no me atrevería a afirmar que en el país entero pues el fenómeno de la apertura acaecida también durante el presente año de museos de gran escala como el Museo Energía en Aguascalientes o el Museo del Barroco en Puebla, y el descuido absoluto de museos de menor escala y mayor antigüedad, merecen una discusión aparte). Qué tan alternativa será esta escena está por verse, pues difícilmente permanecerá ajena a los intereses del mercado además de que está insertada en una ciudad que, para bien o para mal, forma parte de la escena global del arte y sus tendencias.

Finalmente, vale también la pena abordar el caso del MUAC, que gracias a su naturaleza universitaria opera en total independencia de los cambios acaecidos al extinto CONACULTA. El MUAC ha gozado de estabilidad y de la posibilidad consecuente de desarrollar sin tropiezos un programa curatorial: la programación de 2016 es prueba de la madurez de la institución, que ha logrado balancear propuestas internacionales de gran calibre (Jeremy Deller) con muestras de menor envergadura pero de una solidez conceptual notable (Mladen Stilinovic) y relevantes dentro del contexto nacional y universitario. No obstante, ni siquiera la UNAM está exenta de la nueva política neoliberal del arte como generador de capital simbólico y, por ende, económico. La exposición de Anish Kapoor, el blockbuster indiscutible del año, dejó claro como la generación de experiencias, síntoma de la sobreestetización del mundo bajo un regimen neoliberal, se afirma como uno de los ejes rectores de las ciudades creativas (y económicamente productivas). 2017 atestiguará las consecuencias de la puesta en marcha de esta ideología.

1—Brenda J. Caro Cocotle, “Y se hizo la Secretaría de Cultura: balance somero a un año”. Consultado el 30/11/2016

Foto Fabiola Iza 2

Fabiola Iza (México, 1986) es curadora e historiadora del arte. Estudió Teoría del Arte en la Universidad del Claustro de Sor Juana y la maestría en Culturas Visuales en Goldsmiths, University of London.