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2016: La palabra del año es… por Brenda J. Caro Cocotle


Por Brenda J. Caro Cocotle | Diciembre, 2016 

Detesto los recuentos de fin de año, las listas con “lo mejor de” o “los 10 momentos para recordar” y el “resumen anual” en las noticias. Entiendo el sentido que pueden tener —en más de una ocasión me he encontrado diciendo “benditos anuarios”—; acepto que el rechazo no obedece más que a un prejuicio sin mayor sostén que la idea, infundada, de que este tipo de práctica llega a ser una forma de olvido institucional: ¿En verdad nos permiten un balance crítico o sólo reducen todo a una serie de datos a descartar tras ser calificados como memorables?

Habría que mirar a otro ejercicio de temporada, quizá igual de ingenuo, pero que permite un poco más que un conjunto gracioso por su conexión con el lenguaje y ese poder que tiene el nombre de conjurar: la palabra que permitiera condensar este año “de mono” que nos ha traído entre salto y brinco. La primera que se viene a los labios es ‘crisis’ pero, bien mirado, hemos estado en crisis dentro de crisis sobre crisis desde hace tanto tiempo ya que me temo comenzamos a asumir la misma como estado natural en vez de coyuntural. No, la crisis es vieja conocida nuestra (lo cual no es consuelo), si bien siempre encuentra formas de reinventarse.

Pero no, no es ‘crisis’…

La palabra es ‘precariedad’.

Sí, tal parece que 2016 fue el año en que quisimos darnos cuenta de que el sistema del arte es un modelo de precariedad (porque en el fondo, lo sabíamos); fue el año en que quisimos darnos cuenta de que las condiciones laborales y esquemas de contratación del sector artístico y cultural son la puntilla de la dinámica económica y empresarial.

Sí, tal parece que 2016 fue el año en que se hizo de la precariedad política cultural, ya fuese como pretexto o como causa. Sí, 2016 fue el año en que al recorte al presupuesto lo acompaño un discurso montado en el emprendedurismo, la economía naranja y los “start ups” creativos, el “estímulo” al crédito; un año en que las plantillas se redujeron porque bueno, los “creativos” y gestores son multi-tareas y el año en que nos convertimos en prestadores de servicios.

Sí, tal parece que 2016 fue el año en que se hizo de la precariedad tema de reflexión serio, motivo de discusión urgente, eje de trabajo artístico y académico comprometido; pero también fue el año en que se hizo del mismo tendencia y disimulo crítico (¿verdad, dOCUMENTA?).

Sí, tal parece que 2016 fue el año en que el aparato institucional se mostró más precario que nunca, en donde la transición de Consejo a Secretaría nos dejó ver lo débiles que son nuestros mecanismos de participación política, lo anquilosado de nuestros marcos legales, la discrecionalidad en la toma de decisiones de impacto público y la falta de articulación del sector artístico y cultural. Y sí, 2016 fue el año en que los espacios independientes se multiplicaron y se buscó alternativas a los espacios gubernamentales, aunque con profunda dependencia del subsidio, el auto-financiamiento, el agotamiento, y las medidas de contención momentáneas.

Sí, tal parece que 2016 fue el año en que se hizo evidente lo precario que es el diálogo entre artistas, gestores, académicos e investigadores; de nuestros códigos pese a las preocupaciones compartidas; lo precario de nuestro tiempo para organizarnos ante la necesidad de cubrir dos, tres o cuatro trabajos para sobrellevar la quincena; así como lo elevados que son nuestros niveles de autocensura.

Sí, tal parece que 2016 fue el año que nos reveló que aún operan categorías como ‘alta’ y ‘baja’ cultura; la insistencia en seguir apostándole al blockbuster, al evento masivo y a las cifras de relumbrón, ante los precario de nuestros indicadores y programas de educación artística y la prevalencia de estrategias y acciones culturales como ejercicio asistencialista o paliativo ante condiciones de violencia e inequidad, responsabilidad de la estructura estatal.

Sí, tal parece que 2016 fue el año que nos dejó ver el grado de violencia de género institucionalizada en el mundo del arte, lo precarios o inexistentes que son los protocolos y estructuras de atención dentro las instituciones que forman parte de la Secretaría de Cultura para atender dicha problemática, pero también dentro de otros marcos institucionales pertenecientes al sector privado, universitario o “independiente” y autogestivo.

Sí, tal parece que 2016 fue el año que nos dejó ver la precariedad de los mecanismos de selección y participación en programas públicos de la cultura y el arte; el año en que tuvimos que empezar a reconocer que la precariedad del sistema va más allá de ser beneficiado o no con una beca.

Sí, 2016 fue el año en que nos sentimos más desconcertados que nunca porque eso de saberse desnudo, en vez de con traje nuevo, en particular cuando siempre es más sencillo pensar que el emperador es otro, es un golpe duro.

Sí, 2016 fue el año en que nos decidimos a decir: precarios.

“Si careces, busca”, dice un proverbio. Espero que la palabra para este 2017 sea ‘arrojo’.

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Brenda J. Caro Cocotle es Licenciada en Lengua y Literatura Hispánicas y Maestra en Museos. Es Doctora en Estudios en Museos por la University of Leicester, Leicester, Inglaterra.

*El contenido publicado es responsabilidad del autor y refleja su punto de vista.