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El Mundo Del Fabbing


Por Lucia García 

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Oír hablar de la venida de una tercera revolución industrial no es novedad. Más complejo será traducir el impacto de la fabricación personal en el panorama de nuestro futuro cotidiano. Queremos entender concretamente cómo se va delineando el pasaje «del bit al átomo» y sus implicaciones.

Seguramente se podrá discutir entre el aspecto y la calidad de un objeto realizado con una impresora 3D —comparables al de un juguete en una caja de cereal— y el hecho que existen proyectos que con toda su utilidad y todo su glamour han legítimamente logrado un avance, como la silla Fanuc de Dirk Vander Koolj, o Roboand, la prótesis personalizada para niños nacidos sin dedos.

Nos preguntamos si el calificar o descartar proyectos por su estética, utilidad y entretenimiento es sólo episódico y fortuito o si funciona más bien para tentativas, afinando cada vez más el equilibrio entre experimento y valor efectivo de mercado. Volteamos a ver a los talleres de diseño y producción que se ocupan en un prometedor mundo del fabbing, divulgando la cultura y el know how de los creadores a un reducido grupo de aspirantes clavados en el tema.

Para evitar cualquier duda, la «fabricación personal» (o «personal digital fabrication«) se hizo popular dentro de pequeñas manufactureras equipadas con impresoras, fresadoras y scanners 3D que transforman datos —bits— en objetos —átomos—. Concretamente, para procesar un archivo 3D bajado de un sitio con licencia copyleft como thingsverse.com, uno puede acudir a un fab lab e imprimir un par de lentes inéditos y personalizados a su gusto y sus necesidades.

Si esta corriente de la autoproducción se vuelve masiva hasta un cierto punto, sería la estructura de la cadena industrial y el principio relativo de la economía a gran escala; pero también de la necesidad misma de una cadena de distribución, saltando a todos los intermediarios, desde el mayorista hasta el comerciante minorista. De esta forma entra a un discurso de deslocalización industrial que hoy todavía no carece de relevancia.

Como resultado de un largo proceso de innovación nacido en el MIT hace ya diez años, los fab lab llegaron a México un poco más tarde y primariamente en universidades, pero comienzan a difundirse con creciente permeabilidad en todo el país, dando vida a comunidades basadas en un principio de colaboración. Precisamente aquí probablemente encontramos el punto crítico, compartiendo como credo indiscutible una ideología de colaboración, de ahí a capitalizar sólo el costo de producción relativo a la maquinaria pero no la proyección de ideas y todos los procesos que con ello implica. Una premisa que podría funcionar si todos, horizontalmente, adquiriéramos el mismo know how operativo que va desde el diseño del objeto a su traducción en 3D, hasta su materialización con impresoras y cortadoras laser. ¿Es la enésima potencia del DIY y por ende la ausencia de una especialización vertical en el mercado de la producción, verdaderamente algo realista y sobre todo deseable?

Regresemos al punto inicial; ¿la existencia de una oportunidad tecnológica justistifica su uso por parte de una gran mayoría? O mejor dicho, si ya tenemos un fab lab a dos cuadras, ¿debemos aprovechar para producir aquellos lentes que una óptica probablemente nos revendería más caro, pero con una una manufactura incomparablemente mejor? ¿Es verdaderamente realísta esta opción de producción dentro de la estructura industrial en la que nos encontramos sumergidos? La respuesta más obvia puede ser no, o no en este momento, con el único pretexto para nuestra conciencia ambiental que las impresoras 3D usan en su mayoría una bioplástica, el PLA, que se puede regenear al infinito. Pues bien, tal vez no se tengan en cuenta las especificaciones, en primera instancia, del valor único de la manufactura local. O simplemente puede ser que todavía no ha llegado el tiempo para estos procesos, que la tecnología necesite todavía un par de revoluciones más, y que a mediano o largo plazo pudieran representar una oportunidad de desarrollo que todavía no se ha identificado y deba construirse.

Permaneciendo anclados en el hoy observamos mejor a aquellos pequeños mercados de nicho que no tienen mayor impacto sobre nuestro panorama cotidiano, pero que nos hacen soñar un futuro diverso y mejor. Como los drones low cost que distribuyen fármacos en territorios involucrados en conflictos armados; éstos sí, portadores de innovación y gran utilidad.